(I): Lio “Doc” Messi.

Tal y como nos lo contó el director de cine George Pan Cosmatos (1941-2005), durante la merienda-cena de una cantina de Tombstone (Arizona), Johnny Ringo (1850-1882) y John Henry “Doc” Holliday (1851-1887), envalentonados por el güisqui barato, se pusieron, metafóricamente hablando, a medirse las pollas ante la estupefacta mirada de los clientes del local.

Ringo, encaramado a la barra del saloon y espoleado por el muy hijo de puta William Brocius (también conocido como “Curly” Bill Brocius (1841-1882)), buscó al bueno de Doc de todas las formas posibles pero no logró encontrarlo. Hastiado del desdén de Holliday, al que ni le tembló el alargado bigote cuando lo encañonaron (no debía ser la primera vez, como dijo Jules), Ringo se puso a darle vueltas al revolver ofreciendo al público asistente una suerte de espectáculo de malabarismo circense que arrancó vítores pero que, lejos de entretener a la multitud, tenía como único objetivo humillar al oponente. Cuando finalizaron los aplausos, Doc Holliday decidió levantarse y apuró de un trago su bebida. Se hizo el silencio y, cuando todo el mundo daba por sentado como que Dios es Cristo que allí se iba a desencadenar una tormenta de balazos, el pálido pistolero se puso a jugar con la jarrilla de latón vacía, parodiando el espectáculo de Johnny Ringo. Hasta Brocius se descojonó con aquella gracia. Los ánimos se relajaron, pero no por mucho tiempo.

Unos días más tarde, los hermanos Earp, acompañados de Holliday, perseguían a Brocius y a su patulea, sospechosos todos ellos de haber asaltado una diligencia matando a dos viajeros, por Chiricagua Peak. En un terreno presidido por un enorme árbol, Johnny y Doc, que se habían separado de sus respectivos grupos, volvieron a encontrarse, ahora sin alcohol y sin público. Era raro que la inquina que se tenían no hubiera derivado ya en la muerte de uno de ellos a manos del otro así que era muy fácil leer el texto que se escribía en los ojos crispados de aquellos dos jóvenes bigotudos: era el día y era la jodida hora. Se acercaron a una distancia corta, unos dos metros (la cosa era no fallar y acabar con todo de una puta vez), y tras el enésimo desplante de Ringo, “…comprobémoslo, tísico…”, comenzaron a moverse ambos dentro de un círculo imaginario, como si de una cobra y una magosta se tratara. “…Hazlo…”, susurró Holliday, tras apurar su purillo. Y Ringo lo hizo. Ringo, seamos exactos, lo intentó más que hacerlo. Doc Holliday desenfundó antes y le incrustó una bala en la sien izquierda. Ringo aún se tambaleaba, de pie y jadeante, prácticamente finiquitada su corta historia sobre este mundo, cuando Holliday ya había vuelto a enfundar el arma humeante y le repetía al moribundo “…no eres lo que creía…”, “…no eres un digno rival…”, “…no eres nadie…”.

910201009-doc-hollidays-cup-tombstone-research-thread-tombstone_doc_holliday_whiskey_cup_03Hubo ecos de esta historia de Tombstone en el encuentro del domingo. Los oí yo al menos, que soy yo muy de toparme con ecos extraños en todas partes, qué le voy a hacer.

Los hubo en el rostro que descubrí en Messi instantes antes de comenzar el partido. Blanquecino, casi ictérico, y con unas ojeras considerables, parecía sufrir las consecuencias de una noche en vela. Imaginé yo a ese megaterio que tiene por mascota volviéndose loco y despertando a la familia con sus ladridos en la madrugada. Imaginé yo a Messi afectado de una tuberculosis que había sido ocultada a la humanidad. Imaginé yo a Messi viendo a Cristiano hacer bicicletas estériles lejos del área y respondiéndole jugando con una jarrilla de latón.

Hubo ecos de Tombstone en ese minuto 91. El disparo a la sien, el rival tambaleante y Messi descargando toda su rabia contra el Bernabéu (único lugar de la Tierra, inquietante vórtice, junto a Portugal y a algunas casas de Manchester, donde se le ningunea y se le coloca como el “segundo”) y no contra Ringo Ronaldo. Messi, un Messi delgado, famélico, con el sabor a óxido de la sangre en la boca, por lo general comedido, aburrido incluso, en las celebraciones tras los goles (quién sabe si por una natural austeridad o por la simple falta de imaginación) se desprendió de la camiseta y, antes y después de que sus acólitos sobre el terreno de juego lo sepultaran bajo brazos, se la mostró al respetable por la parte del diez y del nombre. En la elástica no se imprimía Doc, ni Lio quiso decirle a nadie que ellos, o Cristiano, en ese último y dramático momento, no fueran dignos rivales. Lo que Lio, que quizá de Tombstone y de cuatreros y de pistoleros tísicos no sabe nada, quiso decir es mucho más contundente que un tú no eres nada. Lo que Lio, en un ejercicio aventurado (o prepotente, dirán algunos) que él se puede permitir, dijo, simplemente, es: aquí, sobre el campo, yo lo soy todo.

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