CUANDO LAS GROUPIES ELEGíAN.

Hudson

Búho ciego.

Al chico le gustaba la música, le gustaba tocar la guitarra, la armónica, cantaba. También le gustaban los bosques, dormir mirando las estrellas. Nada lo diferencia demasiado de ti. Claro que no porque, además, como a ti (como a todo el mundo) a él también le gustaba follar.

Alan Christie Wilson tenía astigmatismo y usaba unas gafas con lentes de mucha graduación que hacían que sus ojos, a través de los cristales, se vieran increíblemente grandes (a alguien me recuerda…). Alan Christie Wilson amaba los árboles, teniendo especial predilección por las secoyas. Demasiado obvio para los listillos de sus colegas: búho ciego fue el mejor mote con el que pudieron rebautizarlo.

Bob Hite y Allan Wilson se conocieron en 1965. De personalidades antagónicas (Allan era introvertido, frágil y Bob era una fuerza incontrolable de la naturaleza), su amistad, sincera y desinteresada, se cimentó gracias a la pasión que ambos sentían por el blues (a su muerte, los dos músicos legaron a sus allegados una colección de unos setenta mil vinilos). Canned Heat, la banda liderada por Bob “Bear” y Allan “Blind Owl”, se formó ese mismo año. Completaban la formación Frank Cooke (batería), Henry Vestine (guitarra) y Larry Taylor (bajo). Comenzaron amenizando fiestas en barcos. Actuaron en un sinfín de locales de Los Ángeles y, en 1967, la banda firmó un contrato con la compañía Liberty. Si bien la acogida de público y crítica fue tibia en un principio, sería, sobre todo, tras el Festival Pop de Monterey, cuando el country-blues eléctrico de Canned heat se hizo famoso en toda Norteamérica. Llegarían los álbumes, algunos cambios de miembros y, en agosto de 1969, llegaría el Festival de Música y Artes de Woodstock, donde actuarían para quinientas mil personas.

El 12 de septiembre de 1970, Canned Heat volaba a Europa para una gira, la tercera de ese mismo año en el viejo continente. Allan Búho Ciego Wilson perdió, para sorpresa de sus compañeros, el avión. Allan llevaba un tiempo viviendo en la casa que Bob Hite tenía en Topanga Canyon y sería la mujer del segundo, a las 10:30 del 13 de septiembre de 1970, la que lo encontraría muerto sobre su cama. Allan estaba desnudo, metido en un saco de dormir. Dentro de su chaqueta, que descansaba sobre una silla, se encontraron cuatro frascos vacíos de barbitúricos. La autopsia, no obstante, detectaría sobredosis de heroína. Evidentemente, las cosas cambiaron. Allan nunca vio el estreno del disco que grabaron con John Lee Hocker. La banda cayó en un comprensible estado de desconcierto. El baile de integrantes fue constante, más álbumes de estudio y, en 1981, el mazazo final que supuso la muerte por infarto de Bob Hite. Canned Heat sigue en activo pero, como ya os podéis imaginar, todo se acabó esa mañana de septiembre del 70.

Era de sobra conocido que Allan era un hombre con una sensibilidad especial, a flor de piel. Siempre llevaba semillas en los bolsillos (le hacían sentirse seguro) y una vez llegó a desvanecerse cuando vio por televisión un reporte sobre un incendio en la sierra californiana, igual que si alguien le hubiera comunicado el fallecimiento de un familiar muy cercano. Allan alternaba periodos de aparente felicidad con temporadas oscuras cargadas de episodios de crisis depresivas en las que, literalmente, llegaba a quedarse ciego. En cierta ocasión, Bob Hite declaró en una entrevista que Allan sufría enormemente debido a su “impopularidad” con las chicas. Las groupies solían darle sistemáticamente de lado y el hecho se había convertido en una tortura para él. Era habitual que, después de algunos conciertos, Allan prorrumpiera en llantos cuando las chicas lo desdeñaban. Lógicamente, no estamos hablando de un chico al uso. Echarle la culpa de su muerte a aquellas fans tan selectivas (que podían elegir entre retozar con el seráfico Morrison, con el mágico Jimmy, con el intenso Costello, con el ultraterreno Plant, con el extremo Richards… en lugar de con un pobre chico inseguro, obsesionado con la fotosíntesis y con un cutis demasiado descuidado) sería una indecencia (aún hoy se pone en duda que realmente fuera un suicidio). Lo que sí es un hecho es que la angustia vital del malogrado Blind Owl me hace reflexionar. ¿Qué habría pasado si este muchacho hubiera nacido cuarenta años más tarde? ¿Qué habría pasado si Allan no hubiera nacido en una época en que las groupies elegían?

“Me metí en esto por las mujeres, para ser sincero. Creo que si más músicos fueran sinceros, todos ellos te dirán que esa es la razón de que se hayan metido en esto…”

Ian Fraser “Lemmy” Kilmoster, compositor, bajista, cantante, líder y fundador de la banda Motörhead.

Por coger una frase al azar, pero hay muchas más. Como por ejemplo:

“Cuando eres joven y estás desesperado por acostarte con alguien, te das cuenta que ser un albañil no es tan atractivo…” 

Las mujeres son mi vida y la música es mi hobby…”

Y así, cientos. Es evidente cuál es la prioridad de Lemmy en esta vida. Ian Frasier reconoce que se acostó con su primera groupie, una rubia con un traje de vaquera blanco que estuvo esperándolo cinco días (cinco jodidos días, una tía vestida con un traje de vaquera –blanco- durante cinco jodidos días, dando vuelvas a un jodido hotel), en los años ochenta. Desde entonces, según su propio recuento, han sido unas mil doscientas, a lo que hay que sumar, también según su propio testimonio, algún que otro chico (teniendo en cuenta su escala y sus pantagruélicos hábitos sexuales, ese “algún que otro” podrían ser, por los menos, otro par de cientos), ya que más de una vez ha reconocido abiertamente que es bisexual. Y no es demasiado guapo. ¿Lo habrían desdeñado a él, también, en aquellos conciertos de los sesenta? Quién sabe. Huelga decir que la fuerte personalidad de Lemmy le habría ayudado a que las mujeres obviaran su maltrecha dentadura o sus dos incipientes granos en el carrillo izquierdo. Lemmy, de todos modos, es un buen músico y ha tenido, inexplicablemente, tiempo de dedicarse a componer entre polvo y polvo. Algo parecido le sucedía a Jimmy Hendrix. El guitarrista de Seatle era un reconocido y venerado maratoniano sexual que tenía siempre una larga fila de chicas haciendo cola en su camerino, esperando pacientemente a que les llegara su turno, y ello no le impedía seguir tocando y componiendo (¿de dónde sacaría el tiempo?). Pero claro, Hendrix era Hendrix (mucho varón heterosexual sería capaz, también, de ponerse a esperar su turno) y ésa era otra época, antes de que todo valiera, antes de que aporrear una guitarra y tener dinero para invitar a copas durante toda una noche fuera lo realmente importante. Más, incluso, que ser un buen músico.

Los tres años sabáticos de Penny Lane.

Penny Lane, también conocida como Penny Trumble, fue la líder de un grupo de chicas llamado The Flying Garter Girls. Allá por los setenta, las cinco amigas formaron una alianza: se conjuraron para hacer reales sus sueños y salieron a la caza de las grandes bandas de rock and roll. Penny Lane, la más conocida de todas ellas, vivió tres años (de los diecisiete a los veinte) viajando en primera clase por todas las ciudades del mundo, bebiendo champán para desayunar, asistiendo a ensayos y  conciertos, compartiendo jeringuillas y turulos, recibiendo bofetadas y devolviéndolas… Tres años sabáticos tras los cuales decidió parar, subirse a un avión, graduarse y casarse. La etapa del desfase quedó cerrada para ella. Cuando un antiguo amigo llamado Cameron Crowe la llamó a su casa en el 2000 (se habían conocido en 1973- él un joven periodista, ella la groupie oficial del rock) y le preguntó si podría basarse en ella para crear el personaje de una película, ella le respondió: “al menos tú amas la música tanto como yo… tú sabes perfectamente lo que es ser groupie”. Crowe terminó el guion y la película se llamó Casi Famosos.

Pamela Des Barres, una de las groupies más famosas de los sesenta, montó en cólera cuando Jimmy Page, de Led Zepellin, la abandonó por otra admiradora más joven. Insultó a la nueva hornada de fans, las llamó trepas sin dignidad y sin sensibilidad. Las tildó de superficiales, aseguró que para ella, esas jóvenes atolondradas adictas al LSD no podían ser musas ni les importaba, en absoluto, la música. Pamela, que había sido pareja, además de Page, de Jim Morrison, Don Johnson, Mick Jagger, Denis Hopper, Keith Moon, Michael Des Barres (con el que, como podéis imaginar, se casó)… se equivocó. La nueva generación de fans de mediados de los setenta era menos chillona e histérica que esa masa de chicas que perdía la razón con los Beatles (Pamela fue una de esas adolescentes de pelo largo liso y nariz puntiaguda que se desmayaba en los conciertos a ritmo de she loves you, yeah) pero, más allá de su actitud hippie indolente, sí era una generación comprometida con el arte y sí amaban la música. Por supuesto que entre esas chicas había simples arribistas (todos conocemos a Cybill Shepherd, a la que le valió un revolcón con Elvis para subirse al carro de la fama) pero, en líneas generales, parece que Pamela se adelantó unos añitos…

Cuando las groupies dejaron de elegir.

No voy a meterme en camisa de once varas. Evitaré discusiones bizantinas que traten sobre decadencias musicales o creativas. Cada cual que opine lo que quiera sobre nuestro pasado y nuestro presente artístico. Nada de “la música de antes era mejor”, “la crisis de valores” o “las cosas molaban realmente cuando Jagger y Bowie se metían de todo y eran groupies el uno del otro”. En lo que sí voy a meterme, porque soy un osado de la hostia, es en una degradación que, según lo veo yo, es evidente y altamente preocupante: la del fan.

Con esa mujer vestida de blanco, esperando a un tipo en la puerta de un hotel durante cinco días (cinco jodidos días, amigo mío) comenzaron todos los males. Creo que es ahora cuando la sociedad se merece los insultos de Pamela Des Barres. No importa el talento, importan las posturas y el chisme. En el acercamiento al músico, la mayoría ve, más que una oportunidad de conocer la música desde muy cerca, una oportunidad de reconocimiento social. Todos ansían tener un cazabombardero con el fuselaje repleto de nombres de guitarristas. Da igual lo que toquen o cómo lo toquen. Ya no se “escoge”. La moda es, ahora, lanzarse a ciegas a un escenario esperando que alguien (quien sea) te recoja en sus brazos y te lleve a una desordenada habitación de hotel. Ya no hay Penny Lanes, ahora es más fácil toparse con una Cybill Shepherd. Resuena la llamada entre Cameron y Penny: “…tú amas la música tanto como yo, tú sabes lo que es ser groupie…”. Y muchos tienen demasiado que aprender. Es posible que Búho Ciego también se hubiera suicidado en esta época en que las groupies han dejado de elegir pero, seguramente, no por falta de admiradoras ya que por el simple hecho de verlo delante de un micrófono, lo habrían atacado sin contemplaciones. Y es que un buen falsete pone cachondo a cualquiera.

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