VALDéS, (Tú) NO TE MARCHES.

 

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Es diciembre del 2011. Real Madrid y Fútbol Club Barcelona disputan la jornada dieciséis de la Liga. Comienza el partido, el Barça saca de centro. Los medios y delanteros madridistas aprietan, presionan en bloque a los centrales y laterales adversarios. Arrear durante los primeros cinco minutos de partido es algo muy inglés y muy del gusto de Mourinho. Los jugadores del Barcelona sienten el acoso pero intentan no rifarla. La pelota llega a Piqué, que cede con calma (la que le da el hecho de considerar que su compañero es un central más) a Valdés. Piqué, inmediatamente después de soltar la bola, libera el automatismo y se abre a la banda para ofrecer posibilidades de pase. El portero no mira a su izquierda y decide descargar al costado derecho donde recibe Pujol, el otro central, que se la devuelve al arquero al primer toque. Valdés de nuevo. Soba la bola, se la acomoda y busca un desplazamiento bombeado a la banda izquierda, donde aguarda Abidal. El pase es defectuoso: no vuela por encima de Di María sino que, manso y raso, se dirige al pie del argentino. El jugador del Madrid, con buen criterio, no abusa, conduce un instante y aprovecha el regalo metiéndola rápido al corazón del área. Busquets llega aceleradamente y consigue escupir con dificultades un pase que buscaba a Benzema. En medio del desconcierto aparece Ozil en la frontal y, determinado a hacer sangre de una vez, encgancha el balón despedido buscando portería. Busquets, otra vez, suelta un tentáculo y se enreda con la pelota. Casi la saca pero no, el esférico cae, ya en el área chica, a la altura de la cadera de Benzema. El francés, al que Di María no pudo encontrar un segundo antes, salta y, con ligero escorzo, suelta un latigazo con la pierna derecha. Valdés, que sabe muy bien lo que ha pasado, quiere atraparla pero es imposible. El portero catalán es fusilado y no ha tenido tiempo de invocar al felino que en los últimos tiempos controla sus extremidades. Gol del Madrid. Han pasado veintidós segundos. Pujol da saltos sobre el punto de penalti. Valdés, sentado, con las manos apoyadas en las rodillas flexionadas, tuerce el gesto. En rueda de prensa, Guardiola defenderá a su jugador: Valdés hace eso porque se lo pedimos. La jornada siguiente, el Camp Nou, no le importa a los aficionados que su equipo acabara remontando y ganando el encuentro frente al Madrid, sentencia: silba inmisericordemente a Valdés.

Cuando el de Sampedor (y cada vez que se hace alusión a Pep Guardiola utilizando el gentilicio no puedo evitar pensar en otro filósofo como el Estagirita) decía que le pedían eso a Víctor, entendemos que no se refería, evidentemente, a darle el balón a un delantero contrario sino a asumir riesgos lanzando pases comprometidos intentando ofrecer una solución más que un incordio (como son la mayoría de porteros) a la hora de construir el juego desde atrás. El juego con los pies, en el que Valdés es un experto (más que muchos centrales de nuestra primera división) es lo que ha acabado condenándolo y son fallos en ese tipo de jugadas los que perduran en la retina de mucho aficionado desagradecido.

Una cuestión de dinero, cariño y silbidos.

A principios de esta temporada ya fue más que evidente el desencuentro entre Rosell y Víctor Valdés. Durante el acto de presentación de Qatar Foundation, y con los jugadores vestidos de corto, el President regaló gestos de cariño y dedicó su cara de bobalicón más tierna a los chicos. Todos le rieron bastante las gracias. Todos salvo Valdés, que durante todo el evento no pudo, o no quiso, esconder la cara de asco cada vez que su jefe se le acercaba.

Ya saltaron chispas en la renovación del 2009, tras el triplete. El jugador pedía 11 millones pero acabó firmando 7. Ginés Carvajal, el representante, daba golpes sobre la mesa recordando los balones de gol sacados por Víctor y su trascendencia en los buenos resultados del equipo. Era el portero ideal para ese Barcelona de los éxitos y no existía sustituto posible para él en Europa. Las manos imposibles que Valdés se había acostumbrado a sacar debían ser suficiente aval para que cobrara lo que quisiera. Tanto, al menos, como el considerado “mejor portero del mundo”, Iker Casillas.

Aun así, se conoce que las sintonías entre el portero y la anterior Junta Directiva eran bastante mejores que con la actual. En eso, y en muchas cosas, iba de la mano de Guardiola, su anterior entrenador. La salida del Estagirita pudo resultar otro factor determinante para que Valdés se decidiera con lo de “las nuevas culturas y los nuevos desafíos”. Más de lo mismo se puede decir de la Dirección Deportiva. Si con Begiristain la situación era de cercanía, con Zubizarreta sólo existe desconfianza. La figura del vasco, actual Director Deportivo, despierta en Valdés profundo recelo. Otro mítico portero, protagonista (como él) de uno de los momentos históricos mágicos de la reciente historia barcelonista (el portero titular del primer Dream Team), protagonista también de un buen número de fallos garrafales (y muchas manos de mérito, seamos justos) pero querido y admirado en el entorno azulgrana. Un extraño espejo al que no quiere mirarse debido a una buena cantidad de celos fundados.

Uno tiene todo el derecho del mundo a pedir el dinero que merece. Valdés lleva algunos años llegando a las escuadras, quedándose con casi todas las pelotas que le disparan los delanteros contrarios y despejando, matemáticamente, a los costados las que es imposible amansar. Valdés es, ahora mismo (al menos hasta su terrible lesión), el mejor portero del mundo y como tal debía cobrar. Rosell y compañía estaban decididos a gastar su dinero en otras cosas y desatendieron las peticiones del jugador. Sin embargo, y de eso estoy seguro, Valdés decidió irse del Barça aquel partido contra el Rayo (el posterior al 1-3 contra el Madrid) en que el público del Camp Nou decidió silbarle, apartándolo del éxito del resultado de la jornada anterior, diciéndole, por así decirlo, “fantástico chicos, muy bien todos salvo tú, puto Valdés, que decidiste regalar un balón a los madridistas”.

Se dice que Víctor Valdés es un tipo difícil. Ya en la época de Van Gaal, trascendió que se negó a entrenar con el equipo B. Lo que más le molestó entonces al de Hospitalet fue que la prensa se hiciera eco de la noticia obviando que la Directiva le había dado permiso para no entrenarse por “asuntos personales”. El conflicto, el de entonces con los estamentos periodísticos, empezó a otorgarle fama de chico irreverente y de carácter complicado. Los rotativos siguen a la gresca con él. Muy pocas veces pasa por la zona de entrevistas y suele ser agrio en sus declaraciones. El vestuario, igualmente, le tiene guardadas unas cuantas. Dicen sus compañeros que es extremadamente educado pero muy poco entrañable. Testarudo y muy encerrado en sí mismo, no le perdonan que decidiera comunicar su decisión de marcharse en un momento tan delicado: en plena recuperación de Vilanova y con el equipo funambuleando sobre un alambre. Algunos gerifaltes del vestuario hablaron de “fractura”. Y lo es. Más allá de ruptura sentimental, es una ruptura deportiva. Porque lo que daba Valdés a la portería del Barça no se lo dará otro jugador (ojalá me equivoque) en muchos años. Porque si alguien tuviera algo de sentido común, iría a casa de Valdés y se pondría de rodillas con un cheque en blanco en la mano. Porque soy un iluso que cree que Valdés es capaz de apiadarse del equipo de su vida y dar marcha atrás ante el panorama ominoso que se le presenta a la entidad azulgrana. Y en esas estamos, cuando ayer por la tarde Pintó decidió ser el último boy scout y ponerse a bailar.

La danza de Pinto.

Abril del 2014 (ayer por la tarde noche, más concretamente). Atlético de Madrid y Fútbol Club Barcelona se juegan el pase a semifinales de la Liga de Campeones (aunque, como todos sabéis, en esta competición juega cualquiera, aunque no haya ganado una liga en su vida). En la ida, empate a uno. El Barcelona está desarbolado. Desde el pitido inicial, los colchoneros han salido a comerse al contrario. Los indios roban constantemente la bola y llegan. Ya se han puesto por delante gracias a un gol de Jorge Resurrección Merodio, en una jugada en la que mandaron previamente el balón al travesaño (mandaran dos más posteriormente). Mascherano, el pobre al que le ha tocado la papeleta (junto a Bartra) de ser central esa tarde noche, decide apoyarse en su portero e intentar tocarla antes de mandar un balonazo que, con toda seguridad, acabará en poder de Miranda o Godín. El balón va hacia Pinto y Adrián, bien aleccionado por el Cholo, esprinta para acosar al gaditano. Pinto controla con la derecha y amaga con irse hacia delante pero frena. El gaditano empieza a girar sobre sí mismo mientras siente el brazo derecho del delantero atlético posarse en su espalda. La larga coleta gira a escasos tres metros de la línea de gol. Adrián, que no intuyó el surrealista amago, ha dado medio metro de margen al portero contrario. Pinto levanta la cabeza y divisa el rostro desencajado de Mascherano. Se la devuelve con falsa suficiencia. Mascherano, abierto a la banda izquierda y que es encimado (odio esa palabra pero la empleo) por un plantígrado que responde al nombre de Raúl García, decide que ya está bien de esperpentos y considera que no es tan mala idea romperla y rifarla. Con el interior del pie derecho, el centrocampista argentino obligado a ser central, durante cuatro años, en partidos de máximo nivel, la manda al cielo madrileño.

Y eso, gracias a un obsequio maravilloso de la FIFA, es lo que nos depara el futuro. Víctor Valdés, que no pudo ver cómo el Camp Nou lo ovacionaba mientras se lo llevaba una camilla porque se había tapado los ojos con los guantes, parando balones (porque, aunque de vez en cuando falle, nadie para hoy día más que Víctor- con permiso, quizá, de Thibaut Courtois), siendo un solvente central más de su equipo cuando haya que jugarla con el pie y jugando en los casinos de Mónaco mientras Garrincha con coleta baila dos años debajo de la portería del Barcelona.

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