SER UN WALTER MITTY.

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“Una especie de Quijote en seis páginas”. Eso es lo que era, para el escritor Augusto Monterroso, la historia corta escrita en 1939 por el multifacético James Thurber.  “La vida secreta de Walter Mitty” está protagonizada por un sujeto ordinario provisto de una extraordinaria imaginación con la que es capaz de evadirse de su aburrida realidad convirtiéndose en el protagonista de trepidantes historias llenas de acción y heroísmo. Las generaciones de norteamericanos posteriores al relato han convertido a Mitty, más concretamente a la expresión “ser un Walter Mitty”, en un sinónimo de hombre fantasioso lleno de quimeras y alejado de la realidad cotidiana. Podría decirse, sí, que Monterroso estableció un paralelismo más o menos acertado con Alonso Quijano, emblemático personaje de nuestra literatura.

Modernizar a Mitty (existía una versión cinematográfica de 1947) iba camino de convertirse en uno de los proyectos malditos del Hollywood contemporáneo. Samuel Goldwyn hijo, cuyo padre produjo la película de los cuarenta, se propuso en los noventa llevar de nuevo a la pantalla al Quijote norteamericano. Para el papel protagonista, y durante más de diez años, sonaron y se confirmaron rostros tan dispares e importantes como los de Jim Carrey, Owen Wilson, Mike Miyers o Sacha Baron Cohen. Baile similar de directores: Ron Howard, el mismísimo Steven Spielberg, Gore Verbinski… Curiosidades de la vida, la solución al problema la dio Ben Stiller, que asumió la responsabilidad de protagonizar y dirigir la película en el 2011. Del asunto del guion, objeto, también, de escabrosos debates entre los estudios durante esos quince años, se encargaría, definitivamente, Steven Conrad.

Una de las cosas que obsesionaba a Goldwyn hijo era, textualmente, “conservar la esencia del Mitty original”. El trabajo de Conrad, en ese sentido, dibuja un personaje que, con pocas sutilezas, se aleja enormemente de ese icónico “Mitty original”. Walter Mitty, el de Thurber, aguanta con estoicismo las burlas que provocan sus ensimismamientos y las reprimendas de su autoritaria esposa. El relato se mueve en círculo, el protagonista no evoluciona y escoge (se decanta) por su particular y excitante mundo inventado frente al particular y aburrido mundo en el que le ha tocado vivir. Conrad, con una nueva ración de fe o esperanza (llamadlo como queráis) que ya habíamos visto antes (véase la almibarada “En busca de la felicidad”, digno producto para mayor gloria de ese tótem negro llamado Will Smith), hace despertar al Mitty del siglo veintiuno, que ante la ilusiva llamada que le llega desde una fotografía decide lanzarse al barro, ponerse el mundo por montera, coger el toro por los cuernos, tomar cartas en el asunto… empezar a vivir en lugar de soñar. Este Walter Mitty escoge el mundo real, convirtiéndose en una antítesis de su alter ego literario.

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Ese “despertar” (y estoy abusando de las “comillas”, “lo sé”) que puede resultar algo tópico (o socialmente correcto, deseado, en realidad, casi necesario) no lastra en demasía las virtudes del guion. La historia es divertida, es relativamente fácil disfrutar de ella (y gasto mi último paréntesis apostillando que me resulta increíble que fuera, también, Conrad el autor de ese plúmbeo y desconcertante trabajo llamado “El hombre del tiempo”). A Stiller, como Mitty del siglo veintiuno, Penn, como intenso, Adam Scott, como superior capullo y Kristen Wigg, como compañera de trabajo guapita pero afable, les quedan pintiparados sus respectivos papeles. La película se ve, además, favorecida por una banda sonora acertada, una bella fotografía y una buena dirección, que nos hacen suspirar de alivio al comprobar que Ben Stiller hace mucho tiempo que se olvidó de “Bocados de realidad”.

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Todo lo que pasa en el karaoke, aunque sólo sea por homenajear a Bowie algunos días después de su cumpleaños.

Que la historia de amor de Mitty no acabara con ese monopatín solitario. Aunque algunos no quieran creerlo, esos son algunos de los sacrificios que se pagan por ser un moderno Walter Mitty, uno de ésos que deciden dejar de soñar y empezar a vivir.

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