ZEE, EL MáS VALIENTE ENTRE MIL ( SEGUNDA Y úLTIMA PARTE ).

 

  Los productores.

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Gene Wilder juega con su pelo ensortijado. Bebe, escupe y vuelve a beber y vuelve a escupir en un vaso de martini que le han traído hace media hora. La fiesta de fin de rodaje ha empezado a morirse. Del equipo sólo aguantan Wilder, Zero Mostel, Dick Shawn y su pareja de baile en aquel momento, una maquilladora afroamericana de unos treinta años. Shawn lleva toda la noche sin dirigirle la palabra a los dos actores debido a la travesura que Zee cometió durante la cena, hace algunas horas: cambió las tarjetas de Dick y Wilder para que éste último pudiera sentarse en la mesa principal, junto al propio Mostel, junto al director, Mel Brooks y junto a Sidney Glazier, Jack Grossberg y Joseph Edward Levine, los productores (reales) de la película. El local está pobremente iluminado por las lamparitas de tela rojiza de que dispone cada mesa. La pista de baile está llena de globos (algunos pinchados, otros hinchados) en los que puede leerse “The Producers by Mel Brooks”. Shawn patea ocasionalmente alguno de los globos hinchados mientras baila “un lento” con la chica, a la que aprieta delicadamente contra su pecho. Un par de camareros descuelgan una pancarta de promoción del filme. Algunos clientes, ajenos a la fiesta (ajenos, a lo mejor, al cine), han empezado a entrar, ocupando la barra y distribuyéndose por el bar. Zee y Gene observan con rostro cansado desde su mesa reservada, desparramados sobre un sofá semicircular de cuero.

–          Sigue cabreado.

–          Era la mesa de los “productores”. ¿Qué pintaba ese capullo peludo allí? – dice Mostel, sujetando una copa llena de un líquido dorado con la mano derecha y alisándose los cabellos de la coronilla con la mano izquierda.

–          ¿Será posible eso? ¿Será posible que no lo soportes sólo porque tiene más pelo que tú? Te recuerdo que tener más pelo que tú es la norma, no la excepción. Si la cantidad de pelo de la cabeza es el barómetro que utilizas para determinar tus odios, Zee…

–          No digas tonterías, pimpollo. No cambio mi despoblada cabeza por nada… estos cuatro pelos que me cruzan la testa son parte de mi marca… la marca Mostel. No hablamos de alopecia, hablamos de talento.

–          Él también lo tiene. Él también tiene talento. Es un tipo divertido, a la gente no le cuesta darse cuenta de eso. En esta ciudad hay personas con talento aparte de ti, algunos ni siquiera son judíos, aunque te cueste creerlo. Te crees tan especial y único como un pájaro dodo. A lo mejor, dentro de muchos años, disecan una de tus manos para exhibirla en el Smithsoniano.

–          Eso no se enseña. El talento. Todos esos chalados. Los prosélitos de Strasberg. Me dan pena – Zero apura las últimas gotas de su copa.

–          Ellos contra vosotros. Contra ti, contra Cassavettes, contra Anne… y contra la princesa Gracia, casi la olvido. La ciudad dividida en una guerra entre los fanáticos del Método y los acólitos de Richardson – dice Wilder mientras, satisfecho, hace girar la aceituna de su vaso.

–          No te diré quién me lo contó pero, créeme, esto sucedió en una de las sesiones de “trabajo”. Había cuatro chicas y cuatro chicos aquella tarde en la sala…

–          ¿De qué coño hablas..?

–          Espera, déjame terminar. En el Actor´s, la clase la estaba dirigiendo Lee. Explicaban teoría y, de pronto, ese megalómano los puso a todos en pie y les dijo a los hombres que durante media hora serían mujeres y a las mujeres que durante media hora serían hombres. Que experimentaran con los sentimientos, frustraciones y anhelos propios del sexo opuesto. ¿Te imaginas a los Newman haciendo eso? Paul sentadito en su silla, con las rodillas juntitas, secándose las lágrimas del rabillo del ojo con un pañuelo de seda bordado con las iniciales J. W…

–          …y  a la Woodward sentada a horcajadas en una silla, con el respaldo contra las tetas, contando chistes sin gracia y riendo a carcajadas… – Wilder señala a Zee con el dedo, ambos ríen sin remedio.

–          Pandilla de neuróticos. Hace años, te juro que no recuerdo cuándo fue la última vez, que no me aprendo un texto de memoria.

–          Salvo a Shakespeare – Wilder señala, de nuevo, con el dedo a su amigo. Acompaña el gesto con un rostro artificialmente serio.

–          Salvo a él. Improvisar el texto del Bardo está prohibido. ¿Cómo dijiste antes? ¿Qué era lo que yo me creía?

–          Un judío gordo y engreído.

–          No, lo del Smithsoniano…

–          Ah… un pájaro dodo.

–          Ese bicho desapareció porque era muy torpe, lento y tonto, ¿no? Acabó en la cazuela de los colonos.

–          Algo así, no soy tan buen zoólogo como imaginas…

–          Un bicho gordo, torpe… pero con una extraña e involuntaria gracia…

Zero se levanta. Gene mira el bastón que su amigo ha dejado olvidado sobre un asiento pero no dice nada, simplemente apoya los codos en la mesa. Su rostro sonrosado rebosa una tranquila satisfacción, la de alguien que se prepara para presenciar un espectáculo mil veces visto pero que nunca le decepciona. Zee frota las manos violentamente contra su cabeza, consiguiendo que el pelo tieso y enmarañado que se forma parezca un pobre penacho de plumas. Encorva la espalda y encoge los brazos, colocando las muñecas muy cerca de las axilas. Yergue la cabeza y comienza a andar. Da una pausa teatral a cada uno de sus pasos, flexiona sus piernas con cada movimiento imitando los andares de un ave parsimoniosa. Estira tanto como puede el cuello. Se dirige al centro de la pista de baile. Cada dos o tres metros, aquel pájaro de cien kilos para en seco y mira con rostro bobalicón a alguna persona con la que se cruza. Gene se arrellana en su butaca y coloca ambas manos detrás de la nuca. El pájaro sigue desfilando. A veces se agacha y picotea con la nariz algún globo solitario. Dick Shawn, que mantiene los ojos cerrados mientras baila, no se percata de que Mostel está a unos centímetros de él y que pretende apoyar la cabeza en su hombro. Al sentir el roce sobre su chaqueta, Shawn, que esperaba encontrar el rostro chocolate de su acompañante, descubre la cara de Zee, que le lanza besitos delicados entornando los labios. La sorpresa le hace soltar a la chica y dar seis pasos descontrolados hacia atrás. Wilder da palmadas sobre su mesa haciendo temblar una docena de copas vacías. Zero Mostel da la espalda a Shawn y empieza a dar saltitos mientras, con los codos, imita un aleteo. En la sala, acompañando su danza ridícula, suena Delilah, de Tom Jones.

El cuadro abstracto de Toby Cole.

–          ¿Cómo has dicho que se llama?

–          Toby Cole.

–          Y, ¿le gusta el arte abstracto?

–          Eso parece, Zee – contesta Burgess, sin esforzarse en disimular el malestar de su rostro.

–          Es que me parece todo muy raro. Te conozco, sé que hay algo que no me has contado.

–          Es de Nueva York, tiene unos cuarenta. Le gusta el expresionismo abstracto. No le gusta nada que la CYA tenga algo que ver con el arte pero adora a todos esos tipos, de Cock…

–          …De Koning…

–          …eso mismo. Y ése que se estrelló…

–          Pollock, Jackson Pollock.

–          Adora a todos esos borrachos. Y, como te digo, odia a la CYA. Por eso quiere obras de autores ajenos a la oficialidad, individuos que no haya sido financiados por el Gobierno. Le hablé de ti, le dije que pintabas…

–          Soy un aficionado. De verdad que no entiendo por qué estoy aquí – Zero deja un enorme paquete envuelto en pedazos atrasados de Times sobre una pared y se sienta, fatigado, en una silla demasiado pequeña para su enorme culo.

–          Me sorprende.

–          ¿Qué te sorprende?

–          Que sigas siendo una persona tan difícil. Sólo quiere conocerte, ver alguno de tus cuadros. Es de fiar. Está al margen…

–          Tienes que explicarme eso de estar “al margen”. Me aterra esa expresión. No me apetece nada pasar la tarde con un anarquista italiano que se haya cambiado el nombre. Como se ponga a hablar de Sacco y Vanzetti te juro que le rompo el cuadro en la cabeza y pongo pies en polvorosa.

–          Relájate. Zee, confía en mí. Es una buena persona. No le interesa la política pero…

–          Pero…

–          Pero es una persona justa. Ama el arte, ama a los artistas por encima de todas las cosas. Te conoce, Zee. Te respeta y te admira. Es consciente de tu escarnio. Le frustra tu situación…

–          La de otros muchos, no solo yo. Oliver, estoy cansado. En estos años he sido jodido por todos: por el atajo de fascistas que gobiernan este país, por un montón de “rojos asquerosos” que han mirado a otro lado cuando me los he cruzado por la calle… Oli, si fuera guionista… ¿sabes?, si fuera guionista podría trabajar, ganaría una miseria pero podría trabajar. Es sencillo, así lo hacen: se meten en un café cualquiera, le pasan los manuscritos por debajo de la mesa al sinvergüenza de turno, recogen, también por debajo de la mesa, un sobre con algunos dólares y se acabó. Después, a soportar cómo otro aparece en los créditos. A mí no me importaría, me tragaría mi orgullo. Pero yo no puedo, Oli, yo no puedo…

–          Zee, tranquilo…

–          …no puedo porque yo soy actor. Necesito esto – dice Zero, señalándose la cara con ambos dedos índices- para trabajar. Necesito exponerme sobre un escenario. Exponerme, no hay nada en el mundo que me gusta más… Dios mío…

–          Eres ateo, Zee – Oliver, ahora, sonríe mientras se acaricia la barbilla con el pulgar.

–          Sí. Desgraciadamente ya es tarde para cambiar de bando…

Se oyen un par de golpes tímidos en la puerta.

–          En realidad, sí hay algo que no te he contado. Toby Cole es agente teatral – dice Burguess mirando con picardía a Zee, justo antes de salir en dirección a la entrada.

Zero no ha tenido tiempo de contestar a su amigo Burguess. Espera nervioso en su silla, sudando más de lo que desearía. Decide levantarse. Una vez en pie, agarra el objeto rectangular empapelado que hace unos minutos dejó tumbado sobre uno de los muros. Deambula por la sala sorteando sillas, golpeando con el paquete los bordes de las mesas y tropezando con las alfombras. Se acerca a una de las ventanas. Mira por ella. El upper west side se encuentra extrañamente tranquilo esa tarde: un pescadero, un par de chiquillos sin rumbo. En la sala entran Burguess y una mujer alta, delgada, con una media melena oscura, pómulos marcados, nariz puntiaguda y ojos orientales.

–          Soy Toby Cole – dice la mujer, tendiendo una mano nervuda y blanquecina hacia Zero.

–          Encantado – dice Zero mientras tienda la suya.

–          Mi verdadero nombre es Marion. Mucha gente se sorprende al verme. Después de oír hablar sobre mí, cuando me conocen en persona, se quedan boquiabiertos. Esperan encontrarse con un tipo orondo, con peluquín, chaleco extravagante y un puro en los labios.

–          Bueno, tampoco yo me llamo Zero.

–          Lo sé – responde bruscamente Marion – un mote de infancia, ¿no?

–          Algo así. Lo empecé a usar como nombre artístico en los tiempos del Café Society. Era algo… algo que me decían en casa cuando era pequeño. Mi verdadero nombre es Samuel.

–          Los amigos lo suele llamar Zee. Es divertido tener cinco nombres. En eso se parecen mucho los actores y los ladrones de bancos. ¿Nos sentamos? – Burguess Meredith retira las sillas de la mesa y ofrece asiento a sus invitados –  ¿Alguien quiere café?

–          No suelo beber café – dice Marion (Toby).

–          No tengo sed – dice Zero (Zee, Samuel, Samuel Joel).

–          Bueno, el café no tiene nade que ver con la sed. Yo sí quiero una taza. Voy a preparar algo. Vuelvo en un instante.

Burguess se retira con paso acelerado. Marion y Zero guardan silencio. Desde la calle llega el sonido de algunos vehículos. Marion carraspea. Zero empieza a silbar débilmente.

–          Sé que también pintas – Marion interrumpe el inoportuno silbido de su acompañante.

–          Soy sólo un aficionado, un diletante. Dibujo y pinto desde pequeño. Lo había dejado un poco olvidado pero, ahora, con tanto tiempo libre…

–          Más del que uno desearía. De todos modos, me gustaría verlo. Ese paquete, quiero decir. Es el cuadro, ¿verdad? El que Burguess me dijo que ibas a enseñarme.

–          Bueno, no es gran cosa. Lo acabé hace unos días. Apenas ha terminado de secarse.

Zero se levanta y, con cuidado, retira los papeles de periódico que cubren el lienzo. Una figura aparentemente femenina, conformada con gruesos trazos negros, está tumbada sobre lo que parece un diván rojo. Brochazos azules y marrones se distribuyen por el fondo. Pinceladas amarillas y naranjas pueblan el cuerpo de la supuesta mujer reclinada.

–          Es un desnudo… una maja desnuda.

–          Me gusta. Sé que no eres un aficionado, Zee.

–          Después de tantos años…

–          Y sí que quiero comprártelo.

–          Hace bastante que no vendo un cuadro… Marion. No sabría ni cuánto cobrar por él.

–          Llámame Toby. Piénsalo entonces. Cuando sepas qué precio le pones, me lo traes a mi oficina, ¿de acuerdo? Te dejaré la dirección. Tengo el despacho en Midtown.

–          En el distrito de los teatros.

–          Eso es, Zee, en el distrito de los teatros – contesta Toby con voz sosegada, acercando las yemas de los dedos al lienzo.

Si yo fuera rico.

No había nadie mejor que Zero Mostel para comprender el sutil sentido del humor que impregnaba las historias de Tevye, el lechero creado por el escritor judío ruso Sholem Aleijem. Zee se subió al escenario en el año 64 y volvió a zarandear la industria protagonizando la obra musical “El violinista en el tejado”: 3242 representaciones, críticas entusiastas, otro Tony para decorar las vitrinas de su salón en el Belnord y, como colofón, una recepción en la Casa Blanca que supuso su redención o reconciliación final con la clase dirigente. El poder de Zero era omnímodo sobre los escenarios: el público era agarrado, sacudido, abofeteado y estrangulado por su personalidad.

El encargado, en 1971, de dirigir la película fue el “no judío” Norman Jewison. El elegido para encarnar a Tevye fue Chaim Topol. La decisión resultaba inadmisible. Zero Mostel conocía al dedillo la obra de Aleijem (lo había leído, de hecho, en yidish antes de que fuera traducido al inglés), había logrado casi mimetizarse con el personaje ideando, incluso, los que fueron denominados “sonidos Hazzan”, lamentos o cánticos sin letra que acompañaban a algunas canciones del musical (y que todos los actores posteriores, incluido Topol, respetarían) y conocía la problemática de la cultura judía tan de primera mano que él mismo había sido expulsado de su familia por casarse con una gentil en segundas nupcias. Jewison recelaba de Mostel, era consciente de su idoneidad para el papel pero temía sus famosos desmanes, sus libérrimas interpretaciones de los guiones. La impresionante voz de Topol, al que Jewison vio actuar en los escenarios londinenses, fue la última excusa que necesitó el director: el Tevye de la gran pantalla tuvo dueño definitivo.

Topol ganó un Globo de Oro y fue nominado al Oscar. Dos galardones insignificantes si los comparamos con el verdadero premio que se otorgó al israelí: hizo olvidar a muchos que Zero Mostel, algún día, fue Tevye. Grabó su voz de cuerno inglés y sus antebrazos poderosos en la memoria colectiva. Nadie concibe “El violinista en el tejado” sin Chaim Topol. Nadie salvo, quizá, algunas de esas personas que asistieron a alguna de las 3242 representaciones en Broadway.

Tevye se gana la vida honradamente. No es pobre pero, como él mismo dice, no le importaría nada que su economía fuera un tanto más aseada (“…so what would have been so terrible… if I had a small fortune…”). El lechero se queja ante el Señor de su mala suerte, de tener que deslomarse trabajando para conseguir unos pobres ingresos con los que su numerosa familia apenas puede subsistir. Comienza su peculiar rezo siendo prudente y humilde pero su imaginación se dispara conforme habla, haciéndole proyectar desaforadas ensoñaciones. Agotado, el delirio concluye con una vuelta a la cruda realidad de un austero establo. El Tevye de Topol realiza un soliloquio, se habla a sí mismo más que al Señor, su seguridad y poder son tan grandes que al espectador le resulta difícil apiadarse, sentir lástima o vergüenza ajena de ese hombre tan varonil. El Tevye de Mostel es un ser inseguro, lábil. Sus delirios de grandeza divierten y sonrojan a partes iguales. Zero Mostel logra recrear la insignificancia humana, nuestra fragilidad y miseria. Esa miseria, esa fragilidad, que tanto nos hace reír y que tanto nos hace llorar a los ridículos mortales.

Shylock.

él me había avergonzado y perjudicado en… en medio millón… Me duele, el cuello, me duele. Y tiene que ser ahora, ahora no, mejor mañana, después de los ensayos …perjudicado en medio millón… Y que la cara se descomponga, eso es, justo al decir la cifra, su amor por el dinero, su devoción… se rió de mis pérdidas y burlado de mis… de mis pérdidas y burlado de mis ganancias… de mis ganancias. Despreció mi Nación… Y ahora trato de ahogar el dolor, me trago las lágrimas y muestro rabia, rabia contenida… mi Nación, desbarató mis negocios, enfrió mis amigos y calentó a mis enemigos y cuál es su motivo… Mi cuello, no… no entiendo, este dolor, no entiendo por qué me duele tanto… soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, prop… sentidos? ¿Es que no se alimenta de la misma? ¿Alimenta de la misma comida? ¿Herido… herido por las mismas armas… herido por las mismas sangres? Sangre…  Si nos pincháis, ¿acaso no sangramos? ¿Si nos hacéis… No entiendo la… debo memorizar… al Bardo no se le puede hacer esto. No entiendo cómo… por qué… lo recitaba con cinco años, de memoria, sin fallos, declamando con precisión…  ¿Si nos hacéis cosquillas, acaso no… reírse? Si nos hacéis cosquillas, si nos hacéis cosquillas… Si nos hacéis cosquillas, ¿acaso no reímos? Reímos. Nos reímos, claro que nos reímos… Claro que nos reímos. Claro que me río. Mi cabeza, ahora me duele la cabeza. Tengo frío. Todos los camerinos del mundo son fríos… Y si nos ultrajáis… no nos… Vengaremos… Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Sigo teniendo frío. Sólo quiero dormir. Es eso, necesito dormir… aunque el camerino esté frío. Alguien me despertará cuando todo empiece. Cuando necesiten a Shylok alguien vendrá y me despertará. Sólo un momento. Entornar los ojos, sólo un momento. Vuelvo enseguida. Enseguida.

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