ZEE, EL MáS VALIENTE ENTRE MIL (PRIMERA PARTE).

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Sapo. Y es actor, Jesucristo. Si yo veo esa cara en una pantalla sólo puedo pensar en una hiena, en el tipo ladino que acaba envenenando la bebida del bueno de la película. Es una de esas comadrejas que destruyen los finales felices del cine. Con esa papada asquerosa, bovina, que tiembla como la gelatina con cada negación de su cabeza. Nada. El hijo de puta no ha dicho nada. Bueno, primero se acogió a la maldita Quinta Enmienda en esa pantomima bochornosa que hizo reír tanto a los periodistas. Después, a puerta cerrada, ha soltado chistes, ha citado a Shakespeare y nos ha contado esa ridiculez de la mariposa en reposo. Pero nada, no nos ha contado una puta mierda. Sólo le falta un letrero en la frente que diga: sí, claro que soy comunista. Pero no lo admite. No nos ha dicho: no, no soy comunista. Tenemos el testimonio de Martin Berkeley, que dice haberlo visto en cien reuniones del Partido. Habla de derechos civiles y de mariposas, se ríe de nosotros. Se he atrevido a bromear con mi apellido. Hace diez años le habría hundido la nariz en el cerebro de un puñetazo. Otros tiempos. Esta mañana, cuando llegó a las oficinas con su sombrero ridículo y su andar inseguro, pensé: esa cara de batracio no tardará ni media hora en descomponerse; en menos de treinta minutos estará cantando como Sinatra y podremos irnos a casa. Nada. Ni un triste número de teléfono. Se nos queda mirando con sus ojos de huevo y nos dice: ¿de dónde son esos trajes tan bonitos que lleváis, chicos? Diez años. Si estuviéramos en los cuarenta, le daría una patada en el estómago. Le haría, primero, vomitar todas las tortitas que hubiera desayunado, después soltaría toda la propaganda bolchevique que hubiera leído en su vida y después, me juego el cuello, nos daría nombres, apellidos, fechas y hasta seudónimos. Bola de sebo. Engordando a costa de los buenos trabajadores de este país, que gastan sus sueldos en acudir a esos zafios espectáculos. Cebándose con el caviar que le envía el Kremlin. Y quieren mandarlo a casa. Así, sin más: que se marche. Y tendremos que soportar, de nuevo, sus canciones de mierda en la radio, su fea cara en la televisión, sus chistes de judíos. Increíble. Un día casi perdido. Es curioso, este amante de los rusos en una sala, apestándonos con su aliento a vodka y sus mentiras de cómico barato y en la habitación contigua, justo tras esa pared, un buen ciudadano colaborando con nosotros. Y con él sí que tuve dudas. El pelo negro, engominado, la mandíbula de acero, la nariz ligeramente achatada y un traje gris a rayas que le daba aspecto de gánster. Un tipo duro, un hueso difícil de roer: pensé. Pero no fue así. Se ha portado como un buen ciudadano. Hemos rellenado dos hojas con la información que nos ha dado. El señor Kazan sí es un individuo cívico. El señor Kazan sí es un buen americano.

El hechicero.

En 1962, se buscaba propietario para el papel protagonista en la comedia musical de Broadway, A Funny Thing Happened on the Way to the Forum, adaptación modernizada de la obra clásica de Plauto. Varios actores declinaron la oferta de interpretar a Pseudulus (Phil Silvers fue uno de los que se abstuvieron) antes de que la propuesta llegara a Zero Mostel. Zee (así lo llamaban sus amigos), tuvo reparos pero fue, finalmente, convencido por su mujer y su agente, Toby Cole, para sumergirse en el proyecto. La fe que profesaba Zee por Toby, la persona que, a finales de los cincuenta, se ofreció a representarlo cuando todo el mundo lo trataba como un apestado debido al ostracismo político (y por extensión artístico) que sufría por culpa de su inclusión en la lista negra, era ciega. El coreógrafo del espectáculo era Jerome Robbins, un peso pesado del show business norteamericano, conocido, también, por haber colaborado con el macarthismo  delatando a algunos compañeros (entre ellos a Madeline Lee Gilford, esposa de Jack Gilford). Cuando se le preguntó a Mostel si no le importaría trabajar con Robbins, el actor respondió, “claro, nosotros los de izquierdas no tenemos listas negras”. Encarnar a Pseudulus resultó ser una de las mejores decisiones de su vida: la obra se representó 964 veces resultando un éxito de público y crítica y Zee ganó su segundo Tony. Zero Mostel alcanzó el grado de estrella celebérrima del teatro de su país y volvió al lugar que las intrigas políticas le habían arrebatado en los cincuenta a un hombre que, en 1943, fue nombrado por la revista Life el “estadounidense vivo más divertido”.

Zero también interpretó a Pseudulus en la versión cinematográfica de 1966, siendo, incluso, productor…

…Erronius (Buster Keaton), un viejo cansado y ciego, llega a su residencia romana después de años buscando a sus hijos perdidos. El esclavo Pseudulus, ayudado por el también esclavo Hysterium (Jack Gilford), se hará pasar por hechicero para impedir que el pobre anciano entre en su casa y descubra que su vecino Senex (Michael Hordern), está bañándose para estar limpio en su inminente encuentro con una joven doncella. Ni os imagináis la gracia que me hacía, cuando era pequeño, el chillidito del 1:40.

 

El senador Polltax T. Pellagra.

Está sentado en una silla. Su rostro, con las cejas exageradamente arqueadas y una sonrisa macabra, parece una máscara de teatro griega. Alrededor de él se arremolinan bailarinas semidesnudas, operarios con escaleras al hombro, actores con bigotes dibujados en la cara, cantantes vestidos con trajes plateados y chicos con jarras de agua para los artistas. Todos están lo suficientemente ocupados como para mostrar interés en la macabra cara de Zee. Éste relaja el rostro y se levanta en dirección al telón, buscando una pequeña raja por la que se pueden ver las mesas. Mientras escruta a través del resquicio vuelve a contorsionar los músculos de la cara. Su mujer, Clara, siempre le dice que si hiciera tanto ejercicio con el resto del cuerpo tendría el físico de un boxeador. A Zee le gusta echar un vistazo al público antes de salir a escena. El aforo se lleva completando durante las últimas ocho semanas. Hoy, curiosamente, hay varias mesas vacías. En la barra, apoyados en ella y agarrados a botellas medio vacías, se distingue a cuatro individuos de facciones patibularias pero elegantemente vestidos. Son, seguramente, matones del East Harlem, italianos o puertorriqueños con ropa alquilada. No suelen dar problemas. Beben con profusión hasta quedarse sin dinero y, como mucho, sueltan carcajadas estentóreas con algún chiste absurdo. En la parte central, junto a una columna adornada con guirnaldas blancas, una pareja de mediana edad bebe en vasos de cóctel. Ambos tienen la mirada tristemente clavada en el mantel rojo. Más alejado, cerca de la puerta de salida, un hombre con pajarita roja tamborilea con ambas manos en la mesa mientras sus ojos siguen libidinosamente las ceñidas faldas de las camareras. En primera fila, una pareja, formada por un hombre calvo de unos cincuenta y una jovencita rubia de unos veinticinco, brinda con champán. Exhiben sonrisas de anuncio y juguetean cariñosamente con los dedos del otro.

–          ¿Estás listo?

–          ¿Cómo?

–          Que si estás listo…

–          -Sí, sí. Claro.

El presentador interrumpe el protocolario ritual. Zee taconea en el suelo para terminar de calzarse las botas y se ajusta por enésima vez un cinturón negro que se le ha quedado demasiado pequeño. Aclara su voz y escucha la presentación.

–          Damas y caballeros, sin más preámbulos, el Café Society les presenta al hombre al que llevan esperando toda la noche, el señor Zer… no, perdón, el honorable senador Polltax T. Pellagra…

El público aplaude. Zee… el honorable senador Polltax T. Pellagra… aparece dando pasos sonoros. Viste un traje gris, botas marrones con adornos plateados, un sombrero blanco muy grande y un nudo típicamente tejano. El calor de los focos enciende sus pómulos y le hace recordar los tiempos en que gastaba el poco dinero que conseguía, trabajando como carpintero, en los nightclubs de Manhattan. Años atrás, prestaba tibio interés a las bailarinas ligeras de ropa pero vibraba con los comediantes. Zee estaba, ahora, donde quería, viendo la noche de Nueva York desde un iluminado escenario y no entre la anónima oscuridad de unas butacas.

–          Siento el retraso, mi limusina no cabía en el aparcamiento. He llamado al ayuntamiento para que mandaran unas cuantas grúas y sacaran algunos montones de chatarra para hacerle sitio a mi preciosidad. Oh, espero que si alguno de ustedes no encuentra su coche esta noche no se enfade demasiado. Sólo tienen que llamarme a mi despacho. Mi secretaria les atenderá educadamente, apuntará sus datos en un papelito y yo, con todo el cariño del mundo, usaré ese papel para limpiarme el trasero. Ey, calvorota, no te rías tanto, ahora que te has quedado sin Buick seguro que esa rubia que tienes agarrada al brazo no te hará el más mínimo caso…

Zee señala a la pareja de la primera fila. Ambos apoyan los codos en la mesa y se sujetan la cabeza mientras ríen. Sin duda, son dos incondicionales. Los gorilas de la barra se han girado. Hacen bailar sus copas, salpicándose con agua y alcohol los zapatos. La pareja del centro, la de la mirada apesadumbrada, parece haber despertado. Ella, al menos, observa con cierto interés la actuación. Su acompañante, tenía pinta de ser su esposo, tiene la mirada perdida en algún lugar indeterminado del local. El de la pajarita parece encontrarse a la expectativa: tiene la boca entreabierta y conserva las manos en el regazo, ocultas bajo el mantel de cuadros rojos y blancos. Reacciona con los chistes de judíos, que parecen resultarle especialmente divertidos. Uno de los lugares que antes estaban vacíos, una silla junto a un velador muy mal iluminado, está, ahora, ocupado por un sujeto con traje azul y corbata gris. El tipo, que no debe tener más de treinta, manipula una libreta negra. De vez en cuando, mientras el resto de gente aplaude, se ríe o profiere algún oh debido a algún comentario demasiado cruel, el recién llegado, el tipo de la horrible corbata gris que no casa con nada ni con nadie en este sitio, apunta algo en su extraña libreta negra.

–          Y me voy despidiendo señoras y señores. Mis felicitaciones a los que hayan tenido la suerte de venir acompañados por sus secretarias…

Señala al calvorota y a su joven pareja, que siguen desternillándose…

–          Y al resto, hasta pronto. ¡Compren coches americanos!

Abandona el escenario lentamente. Un chico rubio de menos de quince años aparece con un vaso de agua y un pañuelo. Zee coge el vaso y se lo vacía en el gaznate de un tirón. Agarra el pañuelo y se seca el sudor de la frente. Sin decirle nada al chico, Zee se dirige de nuevo hacía la raja del telón desde la que puede divisar a los espectadores sin ser visto. Los matones apuran sus copas. Uno de ellos da palmetazos sobre un taburete. El tipo de la pajarita ha desaparecido. La feliz pareja de la primera fila sigue mostrando rostros radiantes. Acaba de llegarles una nueva botella de champán. Los cuarentones del centro parecen haberse separado. Ella se pone los guantes, sola, en la mesa. Él se encuentra en la barra, intentando llamar la atención del barman. Uno de los gánsteres lo ha enganchado por la cintura y parece intentar decirle algo al oído. El gesto embarazoso del supuesto marido resulta bastante cómico. El treintañero del traje azul sigue en la mesa. Bebe algo que podría ser un Martini (líquido blanco con aceituna). La libreta descansa sobre la mesa, con el lápiz introducido dentro del gusanillo de plástico.

Seward Park High.

 Estimados señor y señora Mostel:

ante todo no quisiera alarmaros. Escribo en calidad de amiga, os conozco desde hace más de diez años así que prescindiré en esta carta de todo tipo de formalidades y me expresaré llana y sinceramente. Samuel es uno de los mejores alumnos de su clase (y quizá del centro entero). Sus calificaciones, como ya sabéis, son soberbias. Samuel destaca en inglés y demuestra (hecho éste que, me consta, os  es también conocido) unas dotes extraordinarias para el arte. Dibuja de forma excepcional y sus pinturas, así nos lo ha especificado su profesor de Arte, el señor Saltzman, son extremadamente complejas y maduras. El propio señor Saltzman nos ha sugerido que sería aconsejable (él utilizó, concretamente, la palabra “perentorio”) concertar una cita para poder charlar sobre las posibilidades artísticas del chico.

Dicho esto, me gustaría comentaros el motivo principal de esta carta, de esta, más bien, comunicación. Samuel es un chico sensible e inteligente. Demuestra, además, un desarrollado sentido del humor. Esto último es positivo, suele ser un buen síntoma, una manifestación clara de una buena salud mental. De todos modos, en el caso concreto de vuestro hijo hemos apreciado una serie de características especiales. Samuel se muestra estudioso y extremadamente tranquilo, casi apacible, cuando está solo. Sin embargo, si se siente observado, su personalidad, digámoslo así, sufre un cambio radical. Cuando el chico es consciente de que es el centro de atención entra en un estado alterado, casi febril, de consciencia. Se convierte en un individuo irreverente. Es ese carácter dual el que nos preocupa, el que preocupa también a nuestro psicólogo.

El hecho detonante, el incidente que nos ha llevado, que nos ha convencido de la obligada necesidad de comunicaros nuestras preocupaciones sobre la posible doble personalidad (es sólo una posibilidad, el diagnóstico último debería emitirlo un especialista en psiquiatría) de Samuel aconteció el miércoles de la semana pasada. Samuel, y otros cuatro alumnos, se encontraban en los baños. Los chicos, todos salvo Samuel, estaban fumando. Uno de nuestros bedeles, el señor Freeman, los descubrió y, evidentemente, comunicó los hechos a la dirección del centro. Cuando el director, el señor Saxon y su secretaria, la señora Siliver, acudieron al lugar, encontraron, en una de las paredes de los servicios, una “caricatura” con un alto contenido erótico de una mujer y un nombre que la identificaba como una de nuestras profesoras. La calidad del dibujo y el “vigor de sus trazos” (esta frase es aportación del señor Saltzman, al que recurrimos en calidad de “perito” para identificar al autor del soez garabato) evidenciaban que aquella ilustración era obra de Samuel. Cuando el señor Saltzman preguntó a Samuel por la caricuatura, éste no contestó adecuadamente. En realidad, no contestó en nuestro idioma. Soltó una serie de sonidos ininteligibles. El resto de alumnos que se encontraba en el baño, los chicos que habían sido descubiertos fumando (y que han sido, por supuesto, debidamente castigados), comenzaron a reírse. Al escucharlos, como os dije anteriormente, al sentirse el centro de atención, Samuel se envalentonó, sus movimientos se volvieron maleducadamente exuberantes y su mirada aterradoramente altiva. Cuando la que preguntó fue la señora Siliver, Samuel comenzó a hablar, esta vez sí reconocimos el idioma, en italiano. Cuando los gritos de los alumnos fueron ya ensordecedores, el señor Saxon se vio obligado a agarrar a Samuel (es posible que la marca que tiene el chico en el cuello y en la mejilla se deba al involuntario zarandeo) y llevarlo a algún lugar fuera de la vista de los otros alumnos. Mientras el señor Saxon lo conducía a su despacho, Samuel comenzó a cantar a voz en cuello mientras caminaba imitando los andares de una especie de ave, un pato quizá. Una vez en el despacho, acompañado, tan solo, por el señor Saxon y la señora Siliver, Samuel confesó que sí, que el dibujo era obra suya y que nos había respondido a las preguntas pero, simplemente, se había limitado a hablarnos en yidish, en italiano y en alemán. Cuando se le preguntó que por qué había hecho eso, que por qué, además, se había mostrado tan maleducado, Samuel se limitó a contestar: pensé que sería divertido.

Reitero que, ante todo, no es mi intención alarmaros. El incidente puede ser, en principio, insignificante, si se logra conducir a Samuel de la forma adecuada. Intentad poneros en contacto con nosotros en cuanto os sea posible y concertaremos una cita con nuestro psicólogo.

P.D. : el señor Saltzman (se ha mostrado bastante pertinaz en este sentido) me ha casi obligado a que incluya una frase suya en esta carta. Según él, es muy posible que en casa tengáis a “un futuro Rembrandt o quizá a un comediante”. Esperemos, Dios lo quiera, que sea la primera opción la, a la postre, vencedora.

 

A vuestra entera disposición, Martha Green, subdirectora y profesora de Literatura del Instituto Seward,

17 de febrero de 1931.

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Un comentario en “ZEE, EL MáS VALIENTE ENTRE MIL (PRIMERA PARTE).

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