SIN TIMóN Y EN EL DELIRIO. (SEGUNDA Y úLTIMA PARTE)

Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio.

No aflojaba, como ya os dije, mi amigo, no soltaba el acelerador, intenso como él solo. Me dijo que yo no lo entendía (tú no lo entiendes, tú no entiendes nada, tú no me entiendes, cuántas veces me soltó aquellas frases de MIERDA, cómo las odiaba yo y cómo abusaba él de ellas), que, como decía Bolaño (otra vez a la carga con el condenado Bolaño) a la literatura se ha de entrar a morir. Que ponerse a escribir de verdad, “de verdad”, repetí yo, entrecomillando la nada de nuevo con cuatro dedos, sí, “de verdad”, prosiguió él, imitando el gesto de mis manos, es elegir una vida mortificante. Y, creedme, daba auténtica pena mi amigo, que no cesaba de soltar líquido por los ojos, que debía estar deshidratado ya, ¿quieres agua?, tuve yo la idea de preguntarle y, cómo no, desdeñó mi oferta, pues eso, que daba pena allí, trastornado como si viniera de enterrar un millón de cadáveres infantiles, ya sentado, menos mal, en mi salón. Y volvía la letanía, que estaba muy confundido, que no le gustaba nada de lo que producía, producía dijo, y pensé en máquinas de montaje en serie, en Chaplin circulando entre los engranajes de una de esas máquinas, que no sabía si centrarse en el estilo, en los argumentos, aunque los argumentos estaban acabados, que lo decía Roberto Bolaño (¡de nuevo!), que la nueva literatura tenía muchas voces, muchos caminos, muchos meandros, que lo importante era cómo se andaba el camino, cómo se cantaba lo que te ocurría durante la senda y no el camino en sí, y pensé “esto me suena a Paulho Coelho”, pero no lo dije porque no quería que mi amigo me asesinara allí mismo, golpeándome la cabeza con algún cenicero, y mi amigo que si cuando se ponía a escribir pensaba “y cómo es que no estoy leyendo”, y que cuando se ponía a leer se repetía “y cómo puedo estar aquí tan tranquilo leyendo sin tener obra suficiente”, y que al leer se daba cuenta de lo poco que sabía, que era consciente del tiempo perdido en su niñez y adolescencia, que ojalá hubiera tenido una enfermedad siendo un crío, una dolencia de ésas que te tiene en cama durante un año o dos, postrado, para poder haberse aficionado a devorar volúmenes siendo ya un impúber y que ojalá el médico le hubiera prohibido los libros, eso habría sido una buena señal, y no paraba, como os digo, daba miedo, pánico, los ojos parecían a punto de saltar de las órbitas, que si un libro te llevaba a otro, que un autor te descubría a otro más, que era un no parar, una batalla perdida de antemano, una biblioteca con estanterías que llegaban a la estratosfera, llena, además, de pasadizos que, si tenías la “suerte” de descubrir, te llevaban a libros perdidos, o prohibidos y a lo mejor bruñidos (y aquí lo pillé imitando un poco a Borges, pero tampoco dije nada) y que sentía en las entrañas (esas entrañas tuyas, que te mandan a un cementerio, a hacer cola frente a una lápida, unas entrañas como para fiarse de ellas, me indignaba yo, de nuevo para mí sin exteriorizar mis elucubraciones) que se lo estaba perdiendo todo, y lo repitió, con más fuerza, con la voz ronca ya, que se lo ESTABA PERDIENDO TODO, que no había viajado lo suficiente, que quería conocer a todo el mundo, que quería que fuera el siglo diecinueve para poder enrolarse en un barco, colarse de polizón en algún carguero que siguiera rutas transoceánicas (ni para calentarle la cama a un marinero turco valdrías tú en un barco, pensé y volví a reservarme la opinión), hablar con todo el mundo, que quería (y esto me dio la impresión de que se lo tenía aprendido de memoria -o a lo mejor hasta tenía el desgraciado algo de imaginación, quién sabe- porque empezó a soltarlo del tirón, de corrido, y la kilométrica frase sonaba en mi salón como una oración desesperada) conocer al género humano, poder crear cualquier personaje, pensar como cualquier individuo de la Tierra, como los pescadores que ya no comen pescado porque han acabado aborreciéndolo, como ése que lanza un triple en un pabellón vacío y con la mayoría de luces apagadas, como el juez que se lame una llaga mientras un testigo miente pero él no lo sabe, como aquellos mormones que pasean por Siena vendiendo biblias, como un par de arribistas de la bolsa malaya que suben juntos en el ascensor de un rascacielos de Kuala Lumpur y se miran amenazadoramente, como el señor de la guerra que domina un tercio de país y pretende gobernarlo de forma justa, como el secuestrador que ve el rostro de su secuestrado en los periódicos, como el adolescente que piensa que su nariz es demasiado grande, como el sujeto calladito y raro que puede solucionar un cubo de Rubik en menos de treinta segundos, como el chatarrero que se muere de hambre, como los hijos del chatarrero que también se mueren de hambre, como el ludópata que entra en una juguetería a comprar un Monopoly, como el que recibe una bofetada merecida, como la hermana gemela que se cree hija única, como alguien que aguanta la respiración bajo el agua, como el que siempre queda en segunda posición, como la madre del asesino en serie, como su madre, como la mía, como los muertos que ya no son ni polvo y entonces lo vi flaquear y ya sí que me levanté a por un vaso de agua y se lo di. Se lo bebió despacio, pareció relajarse. Por un momento sus ojeras dejaron de caerse y su piel adquirió una tonalidad un tanto más humana. Pero no cejaba, recuperado el aliento volvió a recordarme lo doloroso que era vivir así, cómo se revolcaba en el fango mi amigo, que si conocía el significado de palabras como telúrico u otredad pero que era incapaz, aunque se había esforzado, de usarlas en ningún relato… Y, entonces, me vi obligado a intervenir: esto no te vale la pena, esta maldita zozobra en la que vives, estás perdiendo la razón, estás perdiendo el sentido común, los escritores lo tienen, tienen sentido común, están aquí, con nosotros, pisan nuestro suelo, la literatura sin sentido común no es nada, no es literatura, es el lenguaje de un niño, de un niño que apuñala un folio con rotuladores. Y tuve la impresión de que recapacitaba, lo noté por su ceño fruncido, tuve la impresión de que, esta vez, me había escuchado y pensaba. Bebió agua. Recuperó, su piel recuperó, un poco más la salud. Y yo, aprovechando la tesitura, el respiro que mi amigo me daba, continué, envalentonado: que si tienes sentido común y eres sincero, trabajador y sincero, puedes llegar a la gente. Y mi amigo, dando ahora un pequeño bote, zarandeado de nuevo por la zozobra esa que lo maltrataba en su pequeña barquita: no creo en la sinceridad, la mayoría de escritores son vendedores de coches de segunda mano, eso lo saben hasta los tontos de baba, no hay nada más falso que un vendedor de coches usados… o un escritor. No todos, devolví yo, devolví, que me tenía extenuado aquel jodido partido de tenis intelectual, no todos, no todos los artistas, no todos los escritores intentan hacer creer al mundo que tienen algo que contar aunque no sea así, no todos los escritores te venden sus novelas sabiendo que no funcionan, sabiendo que, en realidad, son coches averiados, coches que te van a dejar tirado a los pocos metros… y, sobre todo, te repito que no todos los escritores viven, como tú, en… en… en el horror, acerté a decir, recordando a Conrad in extremis. En el delirio, me corrigió mi amigo. ¿En el delirio? Sí, en el delirio, me repitió él… si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio… no es mía la frase. Es de Bolaño, claro, dije yo muy convencido. No, es de un poeta llamado Papasquiaro, amigo de Bolaño, eso sí, cómo no, clamé yo, y siguió él, un poeta infrarrealista que dejó de mirar a los lados cuando cruzaba las calles y murió atropellado. Un ejemplo que te cagas a seguir (me salió del alma la frase y en esta ocasión lo dije en voz alta). Un hombre bueno, contraatacó mi amigo, un hombre bueno como Whitman o Kafka. Y, ¿ésos eran hombres buenos?, pregunté yo. Eso dijo Bolaño (omnipresente, pensé y me dieron ganas de decirlo de una vez, de decir que estaba un poco cansado de Bolaño), que Kafka y Whitman eran hombres buenos. Y eran escritores, buenos, y no eran vendedores de coches estropeados, ¿verdad?, dije, tratando de tocarle un poco los cojones a mi amigo. Bukowski daba patadas a su hija, Salinger bebía su propia orina y tenía cuasi encerrada a su mujer en casa, un hombre malo y un loco, sentenció mi amigo, logrando aturdirme, logrando despistarme, jugando sin pudor, dejándome derrengado. Pero la gente les sigue (hice acopio de energías y expuse) aunque sean buenos, malos, locos, la gente les sigue… siguen, incluso, a algunos malos escritores, y lo hacen porque los necesitan, necesitan historias… la gente escucha música, ve películas, se sienta en las butacas de los teatros, la gente sigue comprando putos libros porque los necesita, porque necesita vida, porque no les vale con la suya y necesitan comprarla si es necesario, aprovéchate de eso, aprovecha tu habilidad, aunque sea pequeña, limitada, tu habilidad para contar historias, aprovecha esa debilidad de la gente y dales lo que puedas, tus historias siempre interesaran a alguien… no lo olvides jamás, la gente necesita más vida de la que tiene, aunque algunos no quieran reconocerlo.

Y mi amigo, que me había escuchado atentamente, que se había acabado el vaso de agua, se levantó, aparentemente calmado, seguro que tan agotado como yo, aireó el papel con una rayuela pintada en una de sus caras, el papel que no fue capaz de dejar sobre la tumba de Julio Cortázar, lo sostuvo con ambas manos y lo destruyó. Lo transformó en añicos haciéndolo llover sobre el suelo de mi salón y abandonó mi casa, no sin antes soltar una frase lapidaria: me borro de todo esto.

Mi deseo irrealizable.

Y me quedé allí yo, en mi salón, con cara de tonto, pensando: valiente imbécil este sujeto, que viene aquí, me violenta la mente, me agrede el ánimo y se larga. Y me puse a recoger todo aquel confeti blanco y negro del suelo y lo desparramé sobre mi mesa, que afortunadamente era negra, aunque si hubiera sido blanca quizá habría sido mejor. Y vi que en los trocitos había escritas palabras, a veces, mutiladas. Y me dio por jugar a una suerte de Scrabble con los restos del trabajo de mi amigo. Y busqué entre los pedazos de papel y empecé a crear palabras arbitrarias con aquellos retales pequeñitos que yo disponía a mi antojo

pre  pu  c  io                         cu   lo                         ne  c  ro fi  li  a

y, de pronto, sentí bastante vergüenza de aquel juego que me había inventado. Me puse serio, me enderecé la camisa y decidí ser respetuoso con mi amigo, el que decía que se había borrado, aunque yo, en ese momento, no supiera qué significaba eso de borrarse y no supiera tampoco que mi amigo iba a desaparecer. Y me puse a armar el puzle que tenía delante. Creo que tardé una hora (una hora de meticuloso trabajo, de trabajo de relojero) en recomponer el folio. Y allí, descansando inseguro sobre mi mesa negra, temblando todos aquellos trocitos independientes, estaba el relato que mi amigo no se atrevió a dejar sobre la tumba de Julio, ese papel que por una cara tenía una historia y por la otra una rayuela torpemente dibujada con tinta negra. Y me puse a leer, con la mano tapándome la boca, respirando con extrema cautela para no hacer volar las piezas, leyendo despacio, letras, palabras entre las que podía ver la superficie oscura de mi mesa, y pensé que, definitivamente, ojalá mi mesa hubiera sido blanca, y dejé de pensar en esa tontería y seguí leyendo

MI DESEO IRREALIZABLE.

Siempre puedo ir a Francia. Puedo dirigirme a París, trasladarme al cementerio de Montparnasse y colocarme frente a su lápida, empapelada con rayuelas y salpicada de flores pequeñitas que pretenden ser cronopios.

Tengo la suerte de poder leerlo. Tenemos la enorme suerte de poder leerlo. Consumiendo sus relatos puedo ejercitar la imaginación. Puedo viajar en un tren anacrónico, de ésos que tragan carbón, que se mueve como un ancianito, dando un paseo, y que expulsa un humo azulado de contornos perfectos que pone en entredicho la supuesta belleza de las nubes. Puedo bajarme en la estación más bonita, la que preside un reloj con agujas sinuosas, en la que espera una institutriz que da órdenes a unos niños impecablemente vestidos. La estación en la que manda ese revisor del bigote imposible y el monóculo. Puedo saltar al andén y, deambulando tranquilo, encaminarme a la casa que se adivina en el horizonte, la que parece tener un cercado color granate. Allí podría ser recibido por una comunidad bien avenida de gatos, que podría habitar en el tejado y en las grietas de los muros. Uno de aquellos animales, uno que bien podría ser negro con ojos acristalados, me haría un saludo militar con la patita y después, cortésmente, me invitaría, con otro gesto aprendido de los humanos, a seguirlo al interior de la casita. Al entrar, me abrazaría, quizá, una melodía jazzística, nacida de un joven disco de vinilo, y el pitido de una cafetera, que tendría la deferencia, esa tarde, de silbar lo suficientemente armoniosa como para no afear la música. Él se levantaría, pausado, me sonreiría, bonachón, a través de su barba revolucionaria y me preguntaría, con ese castellano aderezado de frenillo belga, si me gusta el café. Yo le diría que no, que gracias, o le diría que sí, que encantado, qué más da. Sobre todo, yo no tendría la desvergüenza de hablar demasiado. Él se sentaría con la taza humeante en la mano, se arrellanaría en una silla, frente a un folio virgen coronado con una pluma gruesa y brillante, o frente a una máquina de escribir con las vocales desgastadas, y yo tendría el privilegio de observarlo, de seguir su mirada estrábica mientras estudia las telarañas o escruta los vuelos errantes de las moscas. Tendría el privilegio de presenciar esos ojos grandes y feos centrarse en la hoja y, emocionado, tendría el inconcebible honor de verlo poner el mundo en un pedazo de papel.

Pero no puedo. No puedo, entre otras cosas, porque Julio Cortázar está muerto. Afortunadamente, tengo la enorme suerte, tenemos la enorme suerte, de poder leerlo. Y, claro, cómo no, siempre puedo ir a Francia. Puedo dirigirme a París, trasladarme al cementerio de Montparnasse y colocarme frente a su lápida, empapelada con rayuelas y salpicada de flores pequeñitas que pretenden ser cronopios.

y acabé. Coloqué el brazo sobre mi mesa, que ya sabéis que es negra, y sobre él descansé la cabeza y pensé: vaya mierda, menos mal que este hombre tuvo, como me dijo, sentido común y no dejó esto allí, sobre la tumba de Cortázar. Levanté  la cabeza y decidí, porque supuse que para valorar un relato adecuadamente una segunda lectura debía ser primordial, volver a leer. Y esta vez, sin saber el porqué, sí me gustó. Creo que lo leí dos veces más. La tercera volví a pensar que aquello era una hez de mal gusto, sin estilo propio, una imitación. La cuarta le vi la gracia a aquello de los gatos y en mi mente logré evocar las agujas sinuosas que mi amigo describía. Decidí dejar de leer, dejar la crítica literaria, dejar de pensar. Guardé todos los trocitos de mi puzle en una bolsa de plástico transparente. Cuando todos estuvieron reunidos, miré dentro de la bolsa y me resultó curiosa aquella mezcla de papelitos, de palabritas, de letritas, de líneas y números de rayuela de tinta negra. Guardé la bolsa en un cajón de un mueble de mi salón. Me fui a la cama y pensé en el tiempo perdido de mi adolescencia. Y, desconozco por qué, me levanté de la cama y busqué la bolsa transparente porque necesitaba volver a leer el relato, pero no la encontré. Busqué por todo el salón pero la bolsa no apareció. Y pensé: qué raro; pero entonces yo no sabía que mi amigo iba a desaparecer y no di mucha importancia al suceso, simplemente volví a la cama y resolví seguir buscando al día siguiente, aunque, en ese momento, yo no sabía que aquella bolsa, igual que mi amigo, no iba a aparecer jamás. Y, de nuevo en la cama, pensé en el pesado de Bolaño. Pensé en Whitman y en Kafka, dos tíos de puta madre. Pensé en los arribistas de Kuala Lumpur. Pensé en mi amigo, ignorando, como ya sabéis, que no lo volvería a ver nunca más (si lo hubiera sabido habría pensando algo distinto de él a lo que pensé aquella noche, allí, desvelado sobre mi cama… habría pensado, a lo mejor, en Bierce y en su rastro perdido al llegar a una frontera). Pensé en aquello de borrarse. Y, justo cuando pensaba en poetas atropellados, creo que me quedé dormido.

 A Bolaño y a Cortázar, confiando en que los teólogos se equivoquen y sea imposible que ambos se revuelvan de indignación en sus tumbas.

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