SIN TIMóN Y EN EL DELIRIO. (PRIMERA PARTE)

Mi amigo siempre tenía una historia mejor. Si hubieras invitado a mi amigo a pasar una tarde tomando té y pastas con un par de ancianitos supervivientes del holocausto, seguro que él, tras oír cómo esa viejecita de los antebrazos tatuados relataba sus aventuras comiendo deposiciones y superando dieciocho veces el tifus, habría aprovechado el último turno de palabra para explayarse contando sus correrías un día que pilló una borrachera y perdió un zapato volviendo a casa. Y mi amigo, os lo juro, habría pensando que su historia era la mejor de la velada.

Mi amigo siempre (absolutamente siempre) llegaba tarde. Mi amigo siempre estaba con la chica más perturbada, siempre tenía el compañero de piso más estrafalario. Mi amigo sólo recomendaba libros que nadie pudiera conocer o películas que no hubieran gustado en ningún lado. Mi amigo no levantaba el pie del acelerador jamás: mi amigo arrugaba el gesto cuando, en una fiesta, alguien se mostraba más ingenioso que él. Mi amigo tenía la imperiosa necesidad de ser especial. Mi amigo quería ser artista, claro. Por cierto, hablo de mi amigo en pasado porque mi amigo (que la providencia cuide de él) ha desaparecido.

El cementerio de Montparnasse.

Por la mirilla vi la cara deformada de mi amigo. Abrí la puerta y comprobé, ya sin mediar la deformación del vidrio en forma de ojo de pez por el que analizo por primera vez a los que pretenden visitarme, que la cara de mi amigo no había cambiado demasiado. Entró en mi casa atropellándolo todo, atropellándome a mí también, como suele (o solía) entrar él en todas partes, y, saltándose las formalidades que, se supone, obligan a los seres humanos que tienen cierta amistad a darse la mano o preguntarse cómo les ha ido en los últimos seis meses (sí, hacía seis meses que no sabía nada de mi amigo), se plantó en mitad de mi salón y dio comienzo a lo que él pretendía fuera un soliloquio. Cerré la puerta, me senté en un sofá, le rogué que por favor, recomenzara, por favor, empieza de nuevo, me he perdido la introducción, y preparé mi cuerpo para el espectáculo.

Hablaba deprisa, muy deprisa, tanto que en un momento dado lo conminé a sentarse porque noté que se ahogaba y se ponía colorado pero no me hizo caso y siguió con lo suyo, allí, de pie, en medio de mi salón, dándome un discurso. A duras penas entendí, os repito que el cabrón hablaba muy deprisa, a veces incluso, cuando articulaba algunas consonantes bilabiales, de su boca salían catapultadas algunas bolitas de saliva que se estrellaban contra mi mesa, contra un jarrón muy hortera que me regaló mi madre y hasta contra la punta de mi zapato, que había tenido una especie de revelación hacía unos días. Había viajado a Francia hacía poco, había, de hecho, vuelto de Paris hacía tan sólo unas horas. Me dijo que se había plantado en París solo, después de adquirir un vuelo barato, siguiendo una “extraña pulsión que le había salido de las entrañas”. Fue eso lo que, literalmente, me dijo. Vaya pulsión más puñetera, vaya si te salen caras a ti las pulsiones, a mí las pulsiones como mucho me mandan al supermercado a comprarme una caña de chocolate. Mi amigo me dedicó una breve mirada cargada de asco y siguió hablando. Antes de continuar he de recordaros que mi amigo tiene (tenía, tiene, joder, ya no sé cuál es el verbo correcto) la costumbre de obviar y despreciar las reflexiones demasiado mundanas y, la verdad, de reflexiones demasiado mundanas están repletas mis declaraciones, que es otra forma de decir que me gano (ganaba) el desdén de mi amigo con demasiada frecuencia, pero bueno, a mí no me importa, un amigo es (o era) un amigo. Pues eso, que mi amigo contaba, allí, de pie, con unas ojeras que le llegaban al suelo y el color de piel de un muerto viviente, que hace tres o cuatro días estaba escribiendo en su casa, sentado en su terraza, un relato sobre Julio Cortázar y que, mientras hacía un descanso, encendió la televisión y (casualidad que él debió interpretar como una señal divina) estaban emitiendo un documental, precisamente, de su adorado Julio, como lo llamaba él. Aquello de “adorado Julio” a mí me resultaba bastante ridículo pero nunca se lo dije. Cortázar era su escritor favorito, su artista favorito, y, de alguna forma, de su estómago nació un rayo que se convirtió en una orden para su cerebro, una orden que lo obligaba a ponerse en contacto, a establecer algún tipo de conexión literaria y física (dentro de lo posible) con el argentino. Mi amigo pensó en una tumba. Mi amigo pensó en el cementerio de Montparnasse. Sí, mi amigo no tenía problema en embarcarse en empresas rocambolescas como ésa, su historial estaba lleno de actos impulsivos de dudoso sentido. En unas horas se puso en marcha. No os aburriré con los detalles del viaje (mi amigo escenificó pormenorizadamente cada gesto de los pasajeros del avión, me describió cada edificio con que se cruzó mientras viajaba en taxi, me pintó cada rincón de su habitación del hotel) y os situaré en el momento en que mi amigo se encontraba frente a las puertas exteriores del cementerio. Aquello estaba repleto. Había colas por todas partes. Hileras interminables que se cruzaban unas con otras serpenteando entre las tumbas. Gracias a un mapa que le vendió un magrebí nada más entrar, uno de ésos como los que deben vender en Hollywood para localizar las casas de las estrellas, pudo desmarcarse de las existencialistas fans de Beauvoir, de los incondicionales del teatro de Beckett, de los enamorados del bigote de Porfirio Díaz, y colocarse en la cola adecuada. Un par de horas detrás de un hombre con gafas, chaqueta de pana, barba crecida a rodales y una enorme foto del Che en la mano derecha. Un par de horas delante de un joven barbilampiño, bajito y enjuto, con camisa de cuadros de manga larga y chaleco de cuero. Cuando el tipo que se encontraba delante de él terminó con su liturgia (dibujó con lápiz una rayuela sobre la foto, la dejó sobre la tumba y levantó su puño izquierdo al aire francés mientras se marchaba) fue su turno. Sintió nauseas. ¿Nauseas? Sí, sentí nauseas, me dijo. Me sentí como un capullo, como un chiquillo atolondrado en Disneylandia, uno que hubiera estado una eternidad esperando, las esperas son siempre eternas para los niños, uno que, después de esperar y desesperarse y aburrirse, cuando, por fin, tuviera al puto ratón delante, o al francés de turno metido en un disfraz de cabeza desproporcionada, no tuviera ya ganas de hacerse la jodida foto, sentí el mismo desencanto y las ganas de vomitar que pudiera sentir aquel niño cansado de Disneylandia pero sin llevar una gorra de Goofy, me dijo mi amigo, de pie, algo tembloroso ya, en medio de mi salón. Me dijo que él no sabía nada de biología, que no sabía qué venía después de la carne, que suponía que después de la carne venían los huesos y que después, suponía, venía el polvo. Y que lo que venía después del polvo era preferible preguntárselo a un teólogo, antes que a un biólogo, pero que, en definitiva, lo que había allí, dentro de aquella tumba tan fea no era muy distinto de lo que podía haber dentro de la tumba de Samuel Beckett, de Porfirio Díaz o de cualquier sepulcro sin nombre que hubiera en aquel camposanto saturado de visitantes. Sintió nauseas, repetía (se agarraba el abdomen con ambas manos mientras me lo contaba, que daba hasta un poco de miedo el cabrón, allí, de pie, retorciéndose de forma macabra) de pensar en lo estúpido que podía haber sido. Que todo lo cerca que estaba de su “adorado Julio” (grima) cuando leía los cuentos del argentino, le recordaba lo lejísimos que estaba de él en aquel instante, mirando un trozo de mármol que sólo era un continente, un continente que no contenía nada, porque seguro que después del polvo no había nada, por muy pesados que se pusieran algunos expertos en teología. Y empezó a hablarle al techo, a mi techo, al techo de mi puto salón, maldiciendo. Maldecía porque había sido tan, tan tonto, que no supo reconocer los rincones que tanto quería su “adorado”, que no se dio cuenta de que estaría más cerca de Julio mirando un muro perdido de Montmartre lleno de carteles descompuestos por el paso del tiempo que allí, haciendo cola como un gilipollas, con un niñato con pinta de futuro mal poeta empujándole y con aquel indecente papel en la mano. ¿Qué papel? , yo estaba algo perdido. Y entonces, allí en mi salón, con la cara aún mirando al techo, sacó del bolsillo un arrugado folio con una rayuela pintada con tinta negra en una de sus caras.

 El indispensable hurto famélico de libros.

¿Qué es eso? , le dije a mi amigo y me di cuenta de que estaba llorando (a lo mejor por eso miraba al techo). Es un relato, el que escribía cuando vi el documental, el que me llevé en mi viaje para dejarlo sobre la tumba. Y, ¿por qué no lo hiciste? Tuve sentido común, es horroroso, me dijo, enjugándose las lágrimas con el puño de su camisa. Quizá no espanta tanto como crees, yo intentaba disimular la vergüenza ajena que me daba verlo moquear como un bebé. Quizá esto no es lo mío, quizá estoy alejado. ¿Alejado de qué? , le dije. Alejado de la literatura, no conozco a ningún escritor, no tengo amigos artistas ni me carteo con ningún poeta viejo, alguno que hubiera creado hace años alguna corriente literaria, o que liderara a algún grupo de autores, no voy a ningún café donde pueda hablar de filosofía con los prohombres de las letras de mi ciudad, parloteaba sin parar de llorar, el capullo. Tú no sabes nada de filosofía, me atreví a decirle, y tampoco es para tanto eso de crear una corriente literaria, lo más difícil es ponerle nombre, elegir algún nombre rimbombante, uno que fascine a algún mecenas, uno que anime al Estado a soltar subvenciones, después no hay que hacer nada, sólo clamar a los cuatro vientos que la literatura contemporánea está acabada. No me gusta nada de lo que escribo, persistía en su lamento mi amigo, y soy tan cobarde que sólo soy capaz de pasarle mis escritos a los amigos, y no a los enemigos. No entendí demasiado bien esa última frase pero, el hecho de que mi amigo jamás me hubiera dado nada para leer me hizo plantearme seriamente que me tenía excesivo respeto o que me consideraba una especie de némesis o que a lo mejor no me consideraba realmente su amigo. Me arriesgué a decir: si hablas de ese relato en concreto, el de Cortázar, pues quizá no estabas “inspirado” (y con el índice y el corazón de cada una de mis manos entrecomillé el aire). Yo no creo en la inspiración, creo en la disposición y en las ganas de escribir, me soltó él, con una seguridad que no casaba con los lagrimones que chorreaban por su barbilla. Pues no sé, a lo mejor tienes que ser consciente de que puedes ser escritor pero, quizá, uno de los malos, algunos hasta venden muchos libros y pueden darse el gustazo de decir que viven de la literatura. Debí robar algún libro, me dijo el tío, obviando de nuevo mi respuesta, y eso que, esta vez, a mí no me pareció nada mundana o estúpida mi reflexión. ¿Robar algún libro? Sí, robar libros, siendo joven. Como han hecho muchos escritores, entrar en una librería a diario y llevarme algún libro. No lo entiendo, dije, no puedes ponerte a robar libros ahora, quiero decir, ahora en nuestros días, hay muchas medidas de seguridad, antes sí, supongo, buscabas una librería vieja, un librero viejo también, o ciego, o viejo y ciego, te metías allí a la tremenda y escurrías libros dentro de los pantalones sin mirar el título siquiera. Bajando la vista, mirándome a la cara, mi amigo me decía que no necesitaba los libros en realidad, que lo que quería era robarlos sin más, “como los infrarrealistas”, como Bolaño en su juventud, me dijo y aquello del señor Bolaño no había hecho más que comenzar. Que todos los escritores debían estar enamorados de los libros y que debían tener necesidad de ellos, una necesidad vital, que la supervivencia para ellos, para los escritores, significara poseerlos todos, todos los libros, y hurtarlos si era necesario, casi vociferaba, apasionado, mi amigo mientras me abría su corazón. Pero eso es porque eran pobres, idiota, y tú no eres pobre, repliqué yo, sin gritar, claro, ellos los robaban porque el dinero sólo les alcanzaría para comer, y si no comes, la vista se debilita mucho y es difícil leer… además, no todos los escritores son pobres… también puedes descargar los libros de Internet  y, con un poquito de imaginación, ponerte en que te los estás metiendo debajo del jersey mientras paseas por la Casa del Libro, se supone que eso de las descargas también es robar. Y mi amigo, que seguía en su mundo, me suelta: una vez vi robar un libro. Y continuó: estábamos mi tío y yo en el Corte Inglés, ya casi iban a cerrar y el muy truhán se mete un libro en los pantalones, no recuerdo qué libro era, uno grueso y caro… y yo, que era pequeño pero con un montón de valores, un pequeño ateíto repleto de valores, sin las imposiciones dogmáticas del catecismo pero obsesionado con la rectitud, cómo han cambiado las cosas, me indigné muchísimo, esto no se puede hacer, no lo veo bien, y que era capaz de chivarme, le dije a mi tío, que aquello estaba muy mal… y mi tío, que no debió creerse que aquel sobrinillo con cara de alelado pudiera salirle delator,  tú eres tonto, esto lo hace todo el mundo, esta gente, “éstos” del Corte Inglés, los jefes, tienen mucho dinero, a los empleados no les importa, ellos cobrarán igual, “esto” es como robarle a un rico… y si no me convenció, al menos logró cerrarme la boca… a lo mejor con eso me vale, con lo de ser encubridor. Y yo le dije, pues mira no sé, pero quizá, porque con tu torpeza seguro que te pillarían. No creo que se sea un escritor de verdad por haber robado libros alguna vez. Y mi amigo (qué trance para una tarde de jueves, madre mía) se puso a llorar otra vez.

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