EL LOCO DE LA CALLE DIARIO DE CóRDOBA.

NUESTRO LOCO.

Hace unos días me sobresaltó un alarido: “hijo puta…cago en tus muertos”. Mi loco había vuelto.

Hace un año, aproximadamente, me llamó la atención un individuo bajito, de tez muy morena y ademanes anárquicos, cuyo rostro me empezaba a encontrar con inusitada frecuencia en la acera contigua a la de mi casa. Era evidente que aquel hombre tenía potencial, así que dediqué un par de ratos a, desde mis balcones, estudiar su conducta. Desde mi privilegiado asentamiento descubrí que llegaba, casi todas las tardes, a la esquina y se quedaba allí hasta que se marchaba el último autobús, al que esperaba durante unos minutos, sentado en la parada de mi calle. Un día, con todas las ventanas de mi salón abiertas, tuve la indecencia de observarlo sin esconderme, apoyado en la barandilla. Se movía de un lado a otro, sacudiendo las manos y masticando el aire, como Azarías. Movía la boca y sacaba la lengua cada vez que alguien se acercaba, como queriendo decir algo, pero terminaba por esconder el músculo y cerrar los labios. Interrumpí el estudio porque empezó a picarme la nariz. Sin poder remediarlo arrojé un sonorísimo estornudo. A Azarías lo alertó el estruendo. Me buscó con la mirada y cuando me localizó empezó a imitar, una y otra vez, el sonido que había escuchado y que había salido de mi boca. Todos los transeúntes se alarmaron, algunos conductores reducían y sacaban la cabeza por sus ventanillas para descubrir qué coño estaba pasando. Había creado, eso pensaba yo, un monstruo. Escondido detrás de una cortina, y pensando que aquel eco artificial de mi cuasi expectoración se repetiría hasta el final de los días, vi algo que acabó aliviándome. Un perro de aguas, enardecido por el escándalo, comenzó a ladrar a mi loco. Éste dejó de “estornudar” y miró fijamente al animal. Acto seguido, se puso a ladrar. Así estuvo unos minutos. En los siguientes días, la calle se vio amenizada en su horario vespertino por toda una suerte de silbidos, chillidos, insultos indiscriminados y onomatopeyas indescifrables nacidas de la virtuosa garganta de mi loco y emitidas en una jerigonza desconocida para todos.

Mi loco no era mío (de hecho, nunca lo fue) sino de todos. Algunos vecinos me confirmaron que, mucho antes de mi incidente, aquel sujeto ya dedicaba silbidos a las adolescentes y se agarraba los testículos cada vez que pasaba un camión. El estudio de sus criterios selectivos requeriría mucho tiempo y un buen puñado de especialistas.

La Semana Santa debió ser un duro golpe para mi vecino (así lo llamaré a partir de ahora). La celebración de la Pasión de Nuestro Señor colapsa mi calle y, aunque la lluvia suspendió las procesiones la mayoría de los días, no tuve el placer de encontrármelo durante las últimas semanas. Afortunadamente, ha vuelto a su oficina, sita justo bajo mi balcón. Sigue respetando su horario laboral aunque algunos días se marcha antes. Las tardes que se ausenta no puedo evitar preguntarme dónde se encuentra. Quizá siéndonos infiel: probando calles nuevas. Quizá en su casa, tomándose un merecido día de descanso. A veces, cuando espera el bus por la noche, siento la tentación de montarme con él y seguirlo a donde quiera que vaya. Fantaseo con que mi vecino, al bajarse del transporte público, se dirigirá a una enorme mansión, llamará a la puerta y será recibido por un solícito mayordomo. Me divierte imaginarme espiándolo desde la calle y descubrirlo a través de una ventana, tumbado en un diván y fumando en pipa, vistiendo un batín granate y escribiendo en una lujosa libreta que tuviera algún rótulo de título rimbombante: Memorias de un multimillonario excéntrico. No me divierte tanto la otra versión, la que se me antoja verdadera, en que mi vecino se dirige a una casa austera cuya puerta no abre un sirviente sino una anciana marchita y derrotada, que seguramente sea su madre, y por cuyas ventanas sólo puede verse un hogar triste y oscurecido, extraviado del mundo y con el volumen de la televisión extremadamente alto.

Muchas veces lo oigo mientras deambulo por mi casa. Repito sus frases, sus gruñidos, como quien tararea las canciones de  la radio mientras trabaja. Lo escucho ahora, mientras escribo. Repite “es una broma”, sin parar. Me acercaré a ver qué ocurre y ahora os cuento…

(saltito de la cama y, con sigilo, a espiar cerca de la ventana)

…volví. Mi vecino repetía sin parar la frase a un par de operarios del ayuntamiento. Éstos, un tanto soliviantados, le señalaban con dedos acusadores y repetían, a su vez, “pues a nosotros no nos hacen ni puta gracia tus bromas”. Supongo que así es como reacciona la gente normal ante los chiflados. Un par de individuos castizos que no saben nada del síndrome de Tourette o de la esquizofrenia y sí saben mucho de supervivencia. La imprevisibilidad del loco, la asunción inmediata de la incomprensibilidad del ser que tienen delante, despierta en los “cuerdos” auténtica paranoia. No sé por qué siempre reaccioné con naturalidad ante los dementes. He tenido la oportunidad de visitar algunos hospitales mentales y de hablar con muchos pacientes (alguno, incluso, me ha obsequiado con algún salivazo), me han sido reveladas demasiadas mitologías aberrantes de seres demasiado cercanos (y suficientemente queridos), he conocido a una gran cantidad de gente relativamente inestable y sólo puedo concluir (aunque admito que mi experiencia con los delirios es, en realidad, precaria) que me cuidaría mucho de colocarme en el “bando de los cuerdos”. Un loco hablando de otros locos, quizá. El verdadero loco, al fin y al cabo, de la calle Diario de Córdoba.

No sé cómo va a acabar el asunto éste que es mi vida, aunque tengo mis propias teorías. Lo único que os pido es que cuando, dentro de unos añitos, me diviséis en la esquina de vuestra calle recitándole poemas a una farola o jugando con un yo-yo invisible, tengáis la amabilidad de acercaros a mí y decirme lo bonito que es mi jersey raído o lo increíblemente bien que me sienta la barba hasta la cintura. Prometo que no os haré nada. Aun así, no me deis la espalda demasiado pronto…

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