STREET FIGHTER EN EL LONG ROCK.

 

Admito que el título de esta parrafada carece totalmente de poesía. Admito, igualmente, que lo único que pretendo es despertar la curiosidad general (por alusión a los videojuegos, al “celebérrimo” local cordobés o por, precisamente, la citada falta de elegancia del encabezamiento).

Una segunda puntualización: estoy sano y salvo. Lo que voy a relatar sucedió hace mucho tiempo y, creedme, mi vida en general (también mis salidas nocturnas en particular) dista mucho de parecerse a la de Policarpo Díaz. Me avergüenzan las pendencias: las propias y las ajenas. Más de un domingo, es cierto, he escuchado boquiabierto cómo algún conocido pormenorizaba los sucesos de una extraña noche de sábado en la que yo era el protagonista (siempre involuntario) de alguna inexplicable tribulación pero, debéis creerme, dichos incidentes sólo pueden ser calificados de insólitos.

Si me aventuro a contaros este insignificante acontecimiento es porque confío en las posibilidades tragicómicas del suceso, porque mis experiencias vitales no son mucho más interesantes y porque, simplemente, me da la gana.

Opción C: matando la noche en el local del tonto del bigote.

En esta ciudad, las posibilidades de vida nocturna más allá de las cuatro de la mañana son relativamente escasas. Si te sorprende la fatídica hora en la calle, tus planes brillan por su ausencia, te encuentras en la zona centro (ya hace demasiado que no visito un polígono después del atardecer) y tienes ganas de seguir malgastando tres horas más de tu vida, lo único que tienes que hacer es dirigirte a la calle Góngora y, sentado en la pequeña escalinata que da acceso a la actual Oficina de Consumo (la elección también la puedes tomar de pie si sientes especial aversión a las administraciones), decidirte por uno de los tres vértices del triángulo:

  • A- mal olor (¿de dónde coño proviene?); un espejo roto que te recordará lo resquebrajada que está tu personalidad ; bebida peligrosa; una tarima donde bailar (si a los del staff no les da ese día por convertirla en zona VIP); escasa iluminación (algo que puede ser ventaja o inconveniente, cosas de cada uno); riesgo de contraer alguna enfermedad venérea si vas un poquito pasado y te da por restregarte por las columnas; nostalgia;
  • B- olor a colonia de mercadillo; una sesión con David Bisbal, David Civera, David Bustamente, David DeMaría, David el Gnomo; bebida ominosa; mucha piel bronceada aunque sea diciembre (un “blanquito” como yo no puede pasar por alto el detalle); el riesgo de que los hipertrofiados pectorales de algún gachó revienten alguna camisa barata convirtiendo los botones en proyectiles y tu ojo en diana (y el drama posterior, buscando en amazon parches a juego con tu calzado); mucha testosterona (castiza, eso sí); mucha tipa esperando una invitación (les suele bastar con el ron más barato que haya sobre las baldas); nostalgia, pero menos;
  • C- matar la noche en el local del tonto del bigote;

Muy perspicaces: aquella noche, yo elegí la opción C.

Fight one.

El principal “atractivo” de la opción C es que, se supone, suele ser la elección de la mayoría. Craso error. Cuando te encuentras en medio de ese local, hacinado como si viajaras en el barco negrero Amistad y haciendo malabarismos para sujetar un pedazo de vidrio relleno de un brebaje nocivo por el que has pagado seis euros y que (todos lo sabéis) te certificará un buen descuelgue diarreico a las cuatro horas, es inevitable pensar que seguir a la masa no es siempre una elección brillante.

Supongo que es normal que te empujen, por error, en tales circunstancias. Supongo mucho yo, no paro de suponer. Supongo que aquel personaje empujaba a diestro y siniestro porque cuando no has parado de empolvarte la nariz durante toda la noche, en tu séptimo viaje al escusado necesitas, cómo no, el camino expedito. Supongo que Kiki y Thelonious tuvieron la indecencia de encontrarse cerca de la puerta de acceso a los baños cuando la pequeña (no quiero adelantar acontecimientos) aspiradora se disponía a cruzarla. Thelonious recibió un empellón y no pudo evitar reaccionar. Yo me encontraba a unos metros y, advertido por la acalorada charla que mantenía Thelonious con un reducido ser (la coronilla de éste último se alzaba poco más allá del ombligo de aquél) y movido por una temeridad de la que no me siento demasiado orgulloso, me acerqué a indagar. Reproduzco a continuación la corta (pero asombrosa) conversación que entablé con el nervioso sujeto:

– ¿Qué pasa aquí? – inquirí, con impostada chulería.

– Tú te callas o te doy una hostia… – la respuesta provenía de un individuo de unos cincuenta kilos de peso, unos ciento cincuenta centímetros de altura, pelo largo cardado, camisa XS de alegre estampado y un semblante afanado en desprender ferocidad.

– Tú no le has pegado una hostia a nadie en tu vida… – aseguré con calma. El aspecto de mi interlocutor no resultaba muy amenazador.

Ya empezaba mi rostro a esbozar una sarcástica sonrisa cuando, horror, el hobbit con el pelo de Robert Plant decidió dejarme por mentiroso y plantó su mano derecha, cubata incluido, en mi nariz. Arrea. Cáspita. Caracoles. “La que hemos montado”. Aturdido y  sorprendido, tardé un par de segundos en asimilar lo que ocurría. Casi inconscientemente, alargué mi mano derecha y vertí el contenido de mi vaso sobre la espeluznante blusa de Plant subdesarrollado. Debía tenerle mucha estima a esa prenda porque mi ocurrencia – que, seguro, es una táctica habitual en las riñas del Club Reformista pero que, lo admito, en el ámbito de una pseudiscoteca  de ciudad provinciana resulta un tanto inapropiada o demodé  – pareció cabrearle bastante: saltó sobre mí y ambos caímos al suelo.

You lose

Fight two.

Nickrivers, que me acompañaba esa noche pero que se encontraba, cuando saltó la chispa, a unos metros de distancia, me confesó, a posteriori, que al acercarse a curiosear, alertado por el repentino revuelo que se había organizado, y descubrir que el origen del alboroto era una reyerta, sintió una extraña mezcla de morbo y vergüenza. En el suelo (así me lo describió) y rodeados por un circulo de gente, dos sujetos se abrazaban de forma cómica. La escena le evocó las peleas de los dibujos animados, ésas en que los rivales se encuentran rodeados por una nube de polvo y sólo puede verse de ellos alguna extremidad fugaz. Fascinado por el patético espectáculo, su estómago se revolvió cuando su prima, que se encontraba a su lado, identificó a uno de los combatientes: “¡es España!”.

Me encontraba inmerso en un sueño. Recuerdo, vagamente, el frágil cuello de Robert Plant, su puntiaguda espina dorsal. Recuerdo cómo me esmeraba en aplastar sus costillas. Recuerdo mis puños amasando su cabeza. Recuerdo cómo un par de mastodontes me levantaron del suelo con pasmosa facilidad y cómo, ya de pie, a mi alrededor sólo había manchas informes. Me recuerdo alejado de los sonidos. Anestesiado, unas manos me empujaban pero no me importaba. Repleto, supongo, de endorfinas, mis músculos no sentían el mundo. No me habría importado que mi enemigo me hubiera arrancado un brazo. Como los soldados de Anzio, me habría limitado a recogerlo del suelo y marcharme a casa. Recuerdo que, maltrecho, con la nariz enrojecida y la espalda desvencijada, salí del local creyéndome un guerrero, convencido de que Conan era corbobés, y no cimmerio. Vi, un segundo antes de ser golpeado por el aire sin viciar del exterior, el rostro conocido de uno de los porteros. Un rubicundo gardingo que había sido compañero mío en el colegio y al que reconocí porque una vez lo vi en…

…el callejón…

…que viene a mi mente y en el que me encuentro ahora mismo. El empedrado está mojado, aunque hace sol. De las paredes cuelgan papeles despedazados por la lluvia y por las uñas de los niños de primaria. Un puñado de críos me rodea mientras bailo un poco heterodoxo chotis con otro chaval. “¡Cuidado, el de las gafas va a clase de judo!”, clama una voz pueril que desconoce que sólo llegué a cinturón amarillo y que, además, mis padres no quisieron pagarlo. A duras penas me mantengo erguido, soportando los envites de mi pareja de baile. Es la primera vez que acabo en el “callejón” desde que estoy en la escuela. No recuerdo qué desencadenó la disputa. Cualquier nimiedad de ésas que tanto importan cuando tienes diez años. La gente se dispersa. Uno de los profesores (las clases han acabado, así que podría decirse que trabaja fuera de servicio) nos separa, nos da una colleja y nos conmina a volver a nuestras casas. Me recompongo como puedo. Recojo mi cartera del suelo, se ha llenado de barro, y me marcho a casa. Estoy maltrecho, hago un esfuerzo titánico por no llorar. Tengo la nariz enrojecida y la espalda desvencijada pero camino con orgullo, creyéndome un guerrero, convencido de que Conan es cordobés, y no cimmerio. Un chico de ojos azules (parecen nobles) y cuerpo incipientemente corpulento me sigue con la mirada.

You, win?

Fight three.

Ya en la calle, mis amigos me rodeaban o se entregaban a la diplomacia con los porteros y con el enemigo. Plant no estaba solo, a su alrededor (nos separaban una decena de metros) pululaba una variopinta patulea. Todos me dedicaban miradas homicidas. Uno de ellos me retó a un combate. Yo estaba acompañado de bastantes amigos (los rojas y Nickrivers eran, además, imponentes). Estaba despertando pero seguía relativamente sedado, no lograba centrarme: tenía las piernas derretidas y rebotaba contra la gente como una bola de pinball. Poco conciliador y con ese punto kamikaze que tantos problemas me ha dado en vida, decidí acercarme a los contrarios. Me eché sobre dos porteros (que hacían de muro de Berlín entre nosotros y los otros) y le guiñé un ojo a Plant. Todos montaron en cólera. Thelonious, con buen criterio, me alejó del borde y me sujetó. Plant aprovechó la tesitura para burlar la vigilancia fronteriza, tomar velocidad y embestirme. In extremis logré soltarme y conseguí, girando la cabeza, que el mini puño se estrellase contra mi sien. En ese momento, di gracias a que estábamos enfrentados a malvados de imitación. Uno de verdad no habría fallado. El golpe me devolvió, finalmente, a la realidad. Apesadumbrado, recreé la imagen maldita de mi cuerpo reptando sobre una superficie repleta de cristales y colillas. Observé cenitalmente la figura de unos pancraciastas sin épica, de dos torpes púgiles que decidieron saltarse todas las reglas del marqués de Queensberry. Visualicé la escena dantesca en que me revolvía bestialmente mientras, de fondo, se oía una canción de Raphael, Marisol o (Dios no lo quisiera) Loquillo. Maldije al botellitas por su patética melomanía cañí. Sentí un pudor doloroso, una vergüenza que me hizo casi tener fiebre. Deseé, al fin y al cabo, estar muy lejos de aquella calle maldita.

Esa noche, ya en casa, dolorido y agotado, fui consciente de algo que se ha convertido en casi un axioma para mí: no sirvo para destruir. Quiero pegar pedazos de jarrón roto, coser jirones, acercar a los alejados. Quiero emplear esta espalda de estibador, que hasta ahora sólo me ha servido para que me queden pequeñas todas las chaquetas, para acarrear la carga que otros no puedan transportar. Quiero construir. Quiero crear, en definitiva, y a ello voy a dedicar todos mis esfuerzos futuros.

You..

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