UN ANACORETA EN EL VATICANO.

La cueva.

…tu sustento serán las raíces que broten del suelo pedregoso y el agua que la fría roca filtre. La compañía te la brindará el eco que produzcan tus propios rezos. El tiempo está de tu lado…

…se levanta, aún con los ojos cerrados. A sujetarlo acuden Antonio, Luis y Juan Pablo, los tres sacerdotes filipinos que le mandó Tagle. Éste, por carta, le ha asegurado que son trabajadores, risueños, absolutamente virtuosos, salidos de hogares felices y con existencias apacibles. Veinteañeros, llevan sólo unas semanas con él. Llegaron de incógnito, vistiendo ropa deportiva y tapando sus caras exóticas con la visera de sus gorras. Recién instalados los confesó personalmente, durante cuatro horas. Les advierte de las inesperadas formas que toma el Maligno en estos tiempos tan peligrosos. Sufre por ellos, le aterran las miradas libidinosas, muchas tan cercanas. Ahora son sus ojos, sus piernas y sus oídos. Le sirven la comida, lo escoltan en sus paseos por los jardines y le apoyan en las recepciones privadas. Lo vigilan, incluso, mientras se mueve por su despacho: un inoportuno mareo puede convertir el filo de una mesa en inesperado magnicida. Les ha aconsejado no tener demasiado contacto con el resto del personal, les ha advertido que es mejor evitar a los Caballeros de su Santidad, les ha prohibido acercarse a San Pedro cuando actúe el coro de la Capilla Giulia, y, sobre todas las cosas, los ha conminado a ignorar la presencia del cardenal Bertone. Tarsicio Bertone, el actual Camarlengo “…está muy ocupado estos días con infinidad de papeleo y está más consternado aún porque no podrá golpearme en la frente, intuyo que lo deseaba sobremanera…”. Sonríe y sus asistentes lo imitan, aunque no acaban de comprender la supuesta broma. Se mueven despacio, a través de un despacho apenas iluminado. Pide que lo acompañen a una ventana. Una figura blanca y tres manchas negras, cuyos alzacuellos van haciéndose visibles conforme los golpea la luz del exterior. Observa uno de los patios interiores, concurrido, plagado de solideos granate. El color del martirio de Cristo, que él mismo vistió y que, en unos días, volverá a lucir, aunque nadie, salvo un puñado de hermanas, podrá verlo. Sólo el Señor sabe cuánto teme a las sotanas rojas. Cómo se socavaba su espíritu tras las reuniones con el Colegio. Solo, apoyado exclusivamente por su propia fe, tenía que soportar los cuchicheos, las impúdicas confidencias al oído, las risotadas obscenas y las miradas asesinas de los cardenales italianos. Cuántas veces descubrió los ojos de su eminencia Angelo Scola, arzobispo de Milan, clavados en el Anillo del Pescador. Pidió perdón a Dios, en incontables ocasiones, por sus divagaciones, por esos sueños de vigilia en que fantaseaba con fariseos, en que se imaginaba como Cristo expulsando a los mercaderes del templo, por las sospechas enfermizas de conspiraciones. Ya entonces, los días se le hacían eternos y en la noche, más que descanso, encontraba la mortificación de inquietantes pesadillas. Veía el mal en cada esquina, recelaba de cada rostro. Sólo le confortaba la oscuridad de su propia alcoba, que le ayudaba a refugiarse en sí mismo y rezar por el alma de Celestino V, el benedictino obligado a ser Papa cuya vida evocaba una y otra vez. El monje anacoreta que, antes de convertirse en Siervo de los Siervos de Dios, vivió durante cinco años en completa soledad dentro de una cueva, fue el último individuo que había renunciado al papado de motu proprio, sin presiones externas, sin verse inmerso en luchas entre facciones religiosas o cismas. Pide, ahora, que lo acompañen de vuelta a la minúscula capilla que posee a los pies de su cama. Los jóvenes filipinos se mueven con habilidad, sus ojos se han acostumbrado ya a la oscuridad reinante. Uno de ellos se adelanta y señala a un cuenco con manzanas. Él rechaza cortésmente el ofrecimiento. Aunque se arrepiente inmediatamente, no puede dejar de pensar en siglos pasados, tiempos en los que emponzoñar la comida era una forma muy efectiva de medrar en el escalafón eclesiástico. Un pensamiento turbio por el que tendrá que rezar diez avemarías. Al llegar a su estancia, pide que lo suelten. Palpa las maderas del reclinatorio y se arrodilla. Cierra los ojos. Un frío salvaje le rodea el cuello. Mastica la humedad…

…cuando el pasar de los años te haga olvidar el sonido que emite una voz ajena o el calor que transporta una mano extraña, cuando, arrodillado en el interior de la cueva, seas capaz de olvidar la existencia misma del Hombre, será entonces cuando descubras a Dios. Lo oirás en todas partes. Te hablará a través del viento y de la lluvia. Si escuchas con atención, descubrirás sus palabras, incluso, en los crujidos de tus venas o en las palpitaciones de tu insignificante corazón…

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Inevitablemente, “Habemus Papam”.

O cómo, en todos los rincones del mundo, se clama que Nanni Moretti es un nuevo visionario del cine, un visionario de la vida misma.

La coincidencia es casi escabrosa. El filme “Habemus Papam”, del director italiano, aparece en el 2011. Aproximadamente en noviembre es estrenada en España, poco más de un año antes de que Joseph Aloisius Ratzinger comunique al mundo que, de motu proprio, renuncia al papado. Un Papa en la ficción renuncia a asumir su responsabilidad. Un supuesto tan insólito que sólo es posible imaginarlo, precisamente, en el imaginario mundo cinematográfico. Un Papa real, algunos dirían que inspirado por Moretti, se propone hacer posible lo insólito, lo que no sucedía en siglos. La misma decisión, motivos muy dispares.

El Papa ficticio es interpretado por un idóneo Michel Piccoli. Los años han manipulado el rostro del francés regalándole una papada innegablemente clerical, casi sagrada. Una faz, la del parisino, tan apropiada para el papel como su mirada. Esos ojos vidriosos confieren al personaje una ternura particular, comunican la indefensión propia de aquel que está perdido, de aquel en cuyo interior se libra una dura batalla ética o moral. El mundo vaticano de Moretti es esencialmente amable. Es esa visión humanizada de los prelados, curiosamente, la principal crítica del cineasta. Los siervos de Dios son humanos, adolecen de todas nuestras debilidades. Lo que desencadena la renuncia del Papa ficticio es una crisis de fe. El Papa que quiso ser actor, el cura sin vocación, se ve superado por los acontecimientos en un momento fatal. Un ser que no cree en sí mismo no puede hacer creer a los demás.

Benedicto XVI no parece tener crisis existenciales. El drama no está en él sino más bien alrededor de él. Un Papa taciturno, inteligente pero débil, destruido por los años, se ha visto superado, en este caso, por las lujurias, la codicia y el egoísmo de sus propios correligionarios. Traicionado por seres muy cercanos, lastrado por el rancio corporativismo de sus colegas y despreciado por demasiados gerifaltes, Ratzinger ha resuelto “bajarse de la cruz”. La imagen de su antecesor, temblando y babeando ante las cámaras, siendo exhibido casi en efigie en sus últimas apariciones públicas, llevando a las últimas consecuencias la idea de que el cargo de Papa es vitalicio, un deber ad mortem, perdura en la retina de millones de fieles que ahora no entienden, que ahora tiemblan de horror preguntándose, qué ha cambiado en la Iglesia Cristiana en tan poco tiempo.

Confluyen, en este punto, la historia real y la ficticia. Las consecuencias de ambas decisiones se antojan fatales. Imposible es obviar el final de la película de Nanni Moretti, ese plano en el que un cardenal se sujeta el rostro destruido por el miedo y la vergüenza. Miedo, vergüenza… y demasiada incertidumbre.

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Un comentario en “UN ANACORETA EN EL VATICANO.

  1. Pingback: Los últimos días de Benedicto en el Vaticano

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