SE SALVA EL BARSA.

Porque, aunque parezca mentira, lo de hoy pudo ser mucho peor. La imagen del equipo fue horrorosa, sí (nunca se les vio llegar tan tarde a la presión, nunca se les intuyó tan inofensivos, nunca se les vio tan pequeñitos a los de naranja), pero llevarse “sólo” dos goles jugando tan estrepitosamente mal, puede considerarse casi una bendición del cielo. Uno de los equipos con menos talento de los que quedan en la competición (con permiso del Celtic-que, sorpresa, también venció a los culés) ha dado una soberana patada en el culo al Fútbol Club Barcelona.

No es la primera parte de este encuentro la que se enseña a un neófito del balompié para solidificar sus convicciones. Un atentado al fútbol que, curiosamente, sólo parecía sonrojar al Milán. Fueron los italianos los únicos que, tímidamente, intentaron entretener al público de San Siro. Mucho le quedaba al respetable por vivir.

El Barça (es una verdad que duele) se plantó en la segunda parte dando por bueno el cero a cero. Messi no necesitaba ser marcado al uomo: lejísimos del área rival, lento, su propia indolencia le excluía del evento. El centro del campo barcelonista estaba formado por tiernos peluchitos: no recuerdo peor partido de los bajitos. La defensa: sólo han de recordar los aficionados del Barcelona que lean esta crónica las reacciones de sus estómagos con cada llegada milanista. Con este panorama, desde este maltrecho taburete, sólo puedo decir que doy las gracias al señor Prince Boateng por animar la tarde y portarse como un verdadero delantero: tuvo la “osadía” de tirar a puerta. Aunque es cierto que el ghanés y Zapata imitaron a los Globetrotters dentro del área culé (antológica la asistencia del colombiano), sería bastante mezquino hablar del trencilla en una noche como la de hoy. Nadie debe atreverse a hacerlo.

La nave hundiéndose y todos achicando agua como podían. Abbiati mandándole whatsapps a su señora. Pujol con una brecha en la frente (era frustrante ver la torpeza con la que intentaban vendarle, el tiempo que pasó en la banda fue una exclusión de balonmano). Alexis calentando en la banda. Un panorama desolador. Y aún quedaba el segundo torpedo. Muntari se apuntó a eso de tirar a puerta y redondeó la antológica noche. La defensa barcelonista, pura mantequilla, presenció cómo los delanteros rossoneri se pasaban la bola dentro del área, sin intervenir. Más difícil todavía. Iniesta, demostrando algo de vergüenza torera, decidió tirar a puerta para que los resúmenes del partido que emitieran los telediarios del jueves incluyeran alguna ocasión seria de los suyos. Alexis, ya en el campo, logró echarle una mano… a Abate. Entre los dos taparon la banda derecha del Milán, haciendo que el italiano, el jugador técnicamente más limitado de la tarde-noche, pareciera una reencarnación de Cafú. Sólo quedó tiempo para que Pujol hiciera saltar por los aires su vendaje intentando rematar un córner. Que ese balón, impregnado de sangre de capitán, se hubiera colado en la meta rojinegra habría sido un justo premio para él (se lo merece todo el de La Puebla) pero un regalo excesivo para los suyos.

El Camp Nou ha visto muchos goles. El aficionado blaugrana se ha acostumbrado a ver cómo los bajitos vapulean a los rivales. Que el Milán se vaya con un saco de goles de Barcelona no es una entelequia. El problema es que, aunque el crédito de Messi, Iniesta y compañía es inagotable, después del show de hoy, las dudas son demasiadas. El Barça necesita creer. El Barça necesita sacar a Kluivert de una orgía y ponerlo en la delantera. El Barça necesita convencer a Luis Enrique para que ponga a secar el traje de neopreno y se coloque en una banda. El Barça necesita las piernas de acero de Ronald Koeman. El Barça tiene que convencer a John Hammond para que clone a Ladislao Kubala antes de dos semanas. El Barça, al fin y al cabo, necesita casi un milagro. El Barça, como mínimo, está obligado a ofrecer un espectáculo digno de su recientísimo pasado y demostrarle a la gente que esta actuación aberrante es un simple accidente, una minúscula chispa que recuerda tiempos pasados y peores, tiempos que, afortunadamente, ya habían sido olvidados.

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