PRIMORDIALES (III): THE MASTER.

El maestro de la ciencia ficción.

Lafayette era una especie de boya a la deriva. Sin suerte en el ejército (demostró sus pocas dotes para la estrategia militar buscando y atacando al enemigo en lugares equivocados) o en la universidad (un proyecto de ingeniero al que las malas calificaciones hicieron huir de la George Washington University), Lafayette Ronald Hubbard encontraría un sitio en la sociedad de su tiempo gracias a la explotación de su bien más preciado: una desmedida imaginación.

Hubbard se hizo un hueco en la literatura de ciencia ficción gracias al mundo de las revistas pulp. Durante los años treinta escribió todo tipo de relatos de la más variada temática. Historias del oeste, de terror o de marcianos le reportaron fama de escritor solvente e innovador. Asesinos implacables, perspicaces policías, habilidosos pistoleros y crueles alienígenas, convivían en el universo hubbardiano con el germen de lo que, poco después, se convertiría en la Iglesia de la Cienciología: la dianética. Ésta, este pensamiento o creencia, es el gran “obsequio” de Hubbard a la humanidad.

¿Qué lleva a alguien a crear, de la nada, una nueva religión? A algún escritor podría moverlo ese macabro reto que supone convertir su imaginación  personal en dogmas universales. A un ser inadaptado y perdido lo mueve la desesperación, la imperiosa necesidad de establecerse y de, quizá, ser recordado. A un sinvergüenza lo movería…. bueno, ya sabéis vosotros, escasos pero selectos lectores de este ridículo blog, lo que más motiva a los sinvergüenzas, sois lo bastante inteligentes…

“Me gustaría comenzar una religión. ¡Ahí es donde está el dinero!”

Lafayette Ronald Hubbard, escritor, inadaptado, sinvergüenza y fundador de la Iglesia de la Cienciología.

El maestro del cine.

Anderson te agarra por las solapas y te zarandea cuando aún estás arrellanándote en la butaca. Durante veinte minutos, aproximadamente, el director nos cuenta la pequeña gran odisea de Freddie Quell, su viaje por una América de la postguerra en la que no encaja y a la que ofende con su agreste carácter. Un portentoso comienzo que, inevitablemente, trae a la mente los inicios de otros dos filmes de Paul Thomas Anderson, Magnolia y There will be blood, que también dejaban patente la maestría del director californiano para abofetear, para amarrar frente a la pantalla, para ganarse, al fin y al cabo, el respeto del espectador con sólo unos minutos de cine. Un maestro de nuestro tiempo.

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Los “protocienciólogos”.

La comunidad de inadaptados a los que el azar lleva al inadaptado Quell, interpretará la irrupción en su círculo de este individuo difícil como una oportunidad de poner en práctica todo un abanico de técnicas curativas…

“…you´ll be my guinea pig and protege…”

Lancaster Dodd, líder de esta comunidad de dianéticos, traslación a la pantalla del mencionado Lafayette Ronald Hubbard, está interpretado por Philipe Seymor Hoffman. El sonrosado actor acomete la difícil tarea de hacer verosímil la figura de ese individuo de múltiples personalidades (el místico, el orador de portentosa voz, el padre, el marido, el mentor, el amigo… el embaucador) y logra salir airoso, casi siempre lo consigue, del reto. Su actuación es otro de los grandes atractivos de la película. Aunque, para qué negarlo, el verdadero pilar de esta cinta es ese ser indómito y hedonista…

“…u can´t take this live straight…”

Freddie Quell.

Joaquin Phoenix controla a Quell como una marioneta. Domina su mirada frenética, sus balanceos simiescos y sus balbuceos. Juega con su obra arrastrándola por el suelo (Phoenix adora esa actuación física que tanto apasionaba a Brando), lesionándola, denigrándola, llevándola a la desesperación debido a su pragmatismo (“…is a fucking wall…”). El control que el actor ejerce sobre el personaje es total. Su credibilidad, absoluta.

Cuando en unos días, este individuo fronterizo sea olvidado por los académicos y el personajillo de oro sea entregado al presidente asesinado o al ex recluso cantante reformado, yo no podré dejar de pensar en la frente arrugada de Freddie y en cómo su ceño fruncido se ha convertido para mí en icono, en paradigma de la incomprensión del mundo y de sus mecanismos de funcionamiento.

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Lo mejor: Joaquin y esos primeros veinte minutos del filme; especialmente llena de simbolismo está esa secuencia en que Quell huye a campo abierto en el ocaso.

Lo peor: que esos veinte primeros minutos puedan ser una losa demasiado pesada para el protagonista, haciendo que algunos espectadores se espanten ante sus disolutos comportamientos; o, por decirlo de otra forma, que para algunas personas sea pavoroso ver a un individuo masturbándose en una playa.

 

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Un comentario en “PRIMORDIALES (III): THE MASTER.

  1. Joaquin Phoenix es un animal, incontrolable, directo y sucio. No sólo el guión, confundiendo realidad y ensoñaciones, creando un estado alterado de la conciencia constante; sino también la música, la fotografía y el manejo de la cámara (el plano secuencia cuando se cuela en el barco es ya un clásico).

    Lo más grande que ha traido 2013.

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