UN CLaSICO EN MIeRCOLES.

Tango y Cash.

A Xavi Alonso y a Arbeloa no se les ocurrió afeitarse. Órdenes de arriba, supongo. El aspecto de troglodita era fundamental para que el plan saliera bien. Que Rodolfo Valentino (no nos engaña su barbita de dos semanitas) se hubiera convertido en el Luca Brassi de Mou, a falta del Golem, es algo que venía siendo oficial. El salmantino ya se había hartado de repartir  estopa a diestro y siniestro durante los últimos partidos. El nuevo rol de Alonso es lo que entristece. Al hombre de tus sueños le sientan genial la barba y las camisas de cuadros. Le dan ese aspecto de rudo leñador que buscan muchas féminas en sus fantasías onanistas. Lo que no le sienta tan bien al tolosarra es, qué penica, hacer de matón. Que Álvaro se haya vuelto leñero no es detalle que deba preocupar a nadie: está de prestado en nuestra Selección; el lastre que supone tenerlo aferrado a la banda derecha nacional desaparecerá pronto. Que el guapo leñador se haya olvidado de jugar al fútbol sí es algo que me causa pavor. No quiero que en el próximo partido de la Roja le propine una patada al armenio (o kazajo, o francés, o belga, o sudanés, o martinico) de turno y, cuando vea al rival en el suelo, retorciéndose de dolor, piense: “ahí va la hostia pues, que aquí no me dedico a esto…” Es lo que tiene estar under the influence del Jefe de todo esto.

Los barbudos golpearon más de dos veces. Marcaron a hierro a los delanteros, y medios, azulgranas. Patearon culos y después dieron cachetes amistosos. Estuvieron en todas. Hasta Pedro, que parecía estar solo en esa carrera interminable, tuvo que soportar el aliento de fuego y las maldiciones de Álvaro en su espalda. No dudéis que en la ducha, los dos compis se dieron azotes fraternales en las nalgas y se dijeron mutuamente: “lo has hecho muy bien…pichulín…” (frases como ésta son pilares de mi formación como persona y ahora, ya casi anciano, descubro cuánto daño me ha hecho el doblaje del cine extranjero en España…pero ésta, claro, es otra historia…).

Lo que pasó.

Mou, ese gurú del deporte, plantó a seis hombres en el centro del campo. Una defensa adelantada y una presión infernal durante, al menos, diez minutos. El special one hizo lo que cualquier equipo inglés lleva haciendo, desde antes que Sir Stanley Mathews ganara el balón de oro, cuando se siente inferior. La cosa le salió perfectamente. Xavi Hernández, Iniesta, Messi, Pedro, Busquets… eran incapaces de recibir la bola y darse la vuelta. Tentáculos de todo tipo les sacaban el balón antes que pudieran darse cuenta de lo que sucedía. Cuando todavía resonaba en sus cabezas el cojons, coño, o conchatumadre que correspondiera, Cristiano (Ozil, Benzemá…) ya estaba pensando en alguna forma de amargarle la noche a Pinto. Una calamitosa decisión de Piqué, que se lanzó al suelo de forma kamikaze delante de Cr7, acabó costándole al catalán una tarjeta amarilla. Cojons, de nuevo. Pudo ser peor. El Madrid no marcó en ese aluvión  y Piqué, que parecía dar inicio su vía crucis particular, acabó jugando un partido portentoso. También lo hizo Pujol. Ese titán, Pujol, ensombrecido por la fulgurante figura de Varane. Majestuoso el francés, por supuesto. Pero no lo olvidéis: Pujol lleva quince años haciendo partidazos, soportando bofetadas, poniendo paz, escondiendo mecheros y dejándose la vida por el fútbol. Un minutito de reflexión…

Tras la salida avasalladora del Madrid, el partido no se calmó, más bien se equilibró. El Barça intentó jugar, pero no pudo hacerlo tanto como quisiera. El Madrid, se frotaba las manos ante el panorama: un partido relativamente roto con muchas ocasiones en ambas porterías. Pinto y Diego López se temían lo peor pero, a la postre, de los porteros sólo se habló para bien.

En la segunda parte las cosas siguieron igual. El Barcelona a buscar los triángulos y el Madríd a cortar y salir. Iniesta empezó a bailar y Xavi a girar. Tango y Cash a lo suyo. Varane labrándose un futuro de leyenda. Carvalho vislumbrando el suyo (ominoso). Ozil deslizándose por la banda y lanzando diagonales imposibles que parecen largas pero que siempre acaban siendo precisas. Pujol ganándose el respeto del gremio. Messi y Cristiano, desaparecidos. Alves, intermitente y acusador (no es racismo, la gente no lo traga, sin más). Pedrito, intentando agarrar el palo que ya acarició en su día Maradona (como ya dije, infinita su galopada). Villa, viendo las batallas muy lejos, desde la retaguardia (en telecomunicaciones) mientras Alexis es, siempre, el elegido para salir a las trincheras como refresco (parece que los músculos de chileno son más fiables que el instinto del asturiano). Las ocasiones, abundantes.

Un empate que deja contentos a los madridistas y recelosos a los barcelonistas. Un empate a uno que el Real Madrid considera una conquista épica (y eso que jugaba en su campo en una eliminatoria a doble partido) y que el Barça cataloga como victoria pírrica. EL cuento de los últimos cinco años: los blancos aguantan y se regocijan; los azulgranas se lamentan de no haber ejecutado, otra vez, al rival.

La reflexión más importante de la noche del miércoles: las sillas del Bocadi son bastante incómodas… aunque a ese abuelo enrojecido le pareciera estar en el sillón de su casa.

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