Mi primer martilleo a vuestro cerebro…

REAL MADRID-REAL SOCIEDAD.

Penalti.

La providencia, y la impericia de Adán, hacen que Casillas se coloque las espinilleras. Louro, Faria y el Jefe de todo esto rodean al cancerbero, como los asistentes de un boxeador en su último asalto (vigila su derecha, castiga su costado…). Expuesta, auscultada por sesenta mil médicos, la patulea lusa escenifica que arropa al antaño portero titular del equipo. Iker, arrodillado, aparenta escuchar a los segundos pero, eso lo saben hasta los tontos de baba, en su cabeza resuena la ovación que el público dedicó a su nombre en las presentaciones, unos minutos antes. Iker también es un histrión pero él no actúa por puro miedo, él interpreta pensando en el escudo.

El Bernabéu, que parece asistir a un guión cinematográfico, contiene el aliento y prepara las manos para gozar con la redención del hijo pródigo. No hay música de Jerry Goldsmith por ningún lado. Xavi Prieto ha marcado. El hijo pródigo no ha parado el penalti. Tampoco paró mucho más ese día.

Así estaban las cosas.

Casillas no sólo no se ha redimido sino que (el aturdimiento blanco es generalizado) se muestra insegurísimo. Se le escapan de las manos hasta los peluches. El respetable no sabe bien a quién pitar. Asiste, el público blanco, a un cuento de desenlace tan incierto que le horripila. Los seguidores merengues no quieren caos: quieren ver cómo los suyos propinan paliza tras paliza. Por el contrario, en los últimos meses, los que asisten regularmente (o puntualmente) al estadio blanco se han habituado a presenciar espectáculos de funambulismo: su equipo vive (o más bien duerme) sobre un alambre. Que  El jefe de todo esto los haya acostumbrado a mirar demasiado al cielo, a tener que lidiar con el alumbrado para seguir la trayectoria del balón, es llevadero si hay numerosas victorias. Si al patadón sumas la derrota (el empate en Madrid es, casi siempre, un paso atrás), y al dolor de cuello tienes que unir el del orgullo, el resultado es evidente: más de la mitad del público del Santiago Bernabéu silbando a Mou. La situación es tan insólita que hasta la Real, con uno más y con el rival desestabilizado, no sabe bien qué hacer. Tras los pitidos, el madridismo se calla. Nunca estuvo tan solo el tipo del megáfono. El silencio es tan grande que casi puede oírse el sonido que emite la frente de Adán golpeándose contra los azulejos de las duchas. El primer hombre pero segundo portero, seguramente, no sabe que en su ausencia, al Madrid lo sostienen Cristiano (loable su actitud) que se desfonda, hoy sí, en un partido en el que se pueden ganar pocas medallas (y sí perder mucho prestigio) y Arbeloa. El salmantino, quitamotas oficial del régimen, acosa y derriba sin contemplaciones. Es un defensa de los setenta, de esos que además de duros eran feos. Álvaro no puede cambiar su cara, tiene rostro de galán de los veinte, pero sí puede plegarse a los deseos de Mou: en ausencia del Golem, es él el que da calor a los glúteos de los delanteros rivales. Intenta contener a Vela como puede. El mexicano se escapa de Rodolfo Valentino la mayoría de las veces. El jefe de todo esto odia los errores en defensa (obviamente, todos los técnicos lo hacen) así que el balón quema, el fallo produce terror en la retaguardia blanca. Consecuencia: la bola no la saca nadie. Varane tiene clase suficiente para dársela a Xavi Alonso en condiciones pero el joven francés, exigidísimo (y lo que le queda) bastante tiene con salir airoso en la mayoría de batallas aéreas. Como dije antes, así estaban las cosas… hasta que Iker atrapó un balón con seguridad. Mou emitió un suspiro de alivio. Así lo quieren los designios divinos. Esa suerte irracional que siempre acompaña al héroe mitológico desdeña al pobre Adán, pero está SIEMPRE del lado de Casillas. El Santo logró mantener su portería imbatida hasta que llegó el gol madridista. Por eso, sepan ustedes, la historia de Iker la escribirán hagiógrafos. La del primer hombre pero segundo portero, tristemente, no la escribirá nadie.

Así empezaron a cambiar las cosas.

Cristiano ya había enardecido los ánimos de las gradas en un par de ocasiones. Serán, sin embargo, Carvalho y Khedira los protagonistas del dos a uno. El portugués lleva bien lo del ostracismo. Lo llamaron mientras hacía las maletas (ya sabéis que el Golem está “malito”) y se empeña (no sabemos si intentando agradar a algún multimillonario árabe, ruso o chino) en hacer buenos partidos. Golpea el luso y el semi tunecino, con sorprendente toque carioca, la cuela bajo la manopla de Bravo. Sami mantiene siempre en tensión al madridismo, que no sabe si quedarse con el que rompe defensas con potencia y, a veces, demuestra clase o con el barril de cerveza alemana que molesta más que ayuda en el centro del campo. En este partido, cómo no, dio una de cal y una de arena. Salvó, momentáneamente, los cuellos de Mou y de Adán pero, tras el empate de la Real, falló una ocasión clamorosa. Barril versus centrocampista box to box. Los txuri urdines se van al descanso con un empate pero con la sensación de haber jugado con más miedo que ilusión, aun teniendo un escenario propicio para el lucimiento. El Madrid ha empezado a despertar. Benzema, sublime, la mandó casi a la cruceta poco antes de que el barril o el medio box to box sacara de quicio a más de uno. La jugada había llegado precedida de un corte y una salida rápida de los merengues. Cortar y salir… la frase que más excita al Jefe…

Así se salieron con la suya.

Mou empieza a ponerse realmente cachondo. Su equipo empieza a cortar y salir con facilidad. Aun con uno menos, consigue plantarse cerca de la portería realista a menudo. Se avecinan goles. El número dos ya ha sacado la artillería. Ha lanzado faltas contra la publicidad, al segundo anfiteatro, ha braceado y soltado latigazos desde la frontal, hasta se ha ganado una amarilla cortando una contra… es muy difícil que un Cristiano tan activo acabe marchándose de vacío. Su primero de la tarde llega tras un balón a la espalda de los defensas, Benzema la pone sutil, que define fácil. Su segundo, en un tiro libre en el que Bravo, excesivamente medroso, no logra atajar la pelota, que acaba, tras golpear en el larguero, deshaciéndose contra las redes. Pasó la zozobra. Nada pudieron hacer los jugadores realistas en esta segunda parte, y eso que apretaron de lo lindo al pobre Essien (tiembla el madridista de bien cada vez que Michael toca la bola), que recriminaron sin descanso el cainismo del pobre Xavi Alonso (lo que tiene que aguantar el hombre de tus sueños) y que, a la postre, lograron, incluso, un tercer gol que parecía poner emoción a los minutos finales pero que resultó ser, definitivamente, un triste trampantojo. El Santiago Bernabéu acabó cantando el Que viva España. Elige mal los temas el aficionado de Madrid, que debería entonar algo más apropiado como A portuguesa. Y todos a aprender portugués, que hay que pronunciarlo bien.

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